Teníamos veinte años y confiábamos en los preservativos por encima de todo. Confiábamos en ellos en la medida en que nuestra vida, en cierto modo, dependía de esos globitos de plástico. A ojos cerrados los colocábamos en los penes de nuestros chicos, novios y amantes. Sin pensárnoslo dos veces, sin dudar ni una sola y desenrollando correctamente el plástico sobre el órgano eréctil. No pensábamos en el SIDA ni en la sífilis, sino en niños, en bebés que se desarrollan en medios acuáticos dentro de vientres como los nuestros. Porque si alguien nos hubiese preguntado qué era lo último que queríamos en esta vida habríamos contestado, sin duda, quedarnos embarazadas.
El rollo del condón era casi como aquel juego de niños en el que uno lleva la peste y trataba de contagiar a los demás. Todos los pequeños gritaban “me vacuno” y, automáticamente, quedaban fuera de peligro ante la epidemia. Un trocito de látex-acumula-semen era el “me vacuno” de los niñitos que crecen dentro. No saldrían cositas con brazos y piernas de nuestras vaginas, no señor.
Al poco de acabar la época de exámenes alguien comenzó a lloriquear en los aseos de la facultad. Al principio no sabíamos de quién se trataba, sólo oíamos salir los gemidos de detrás de la tercera puerta y nos preguntábamos quién podría estar ahí otra vez gimoteando. No pasó mucho tiempo hasta darnos cuenta de que una de esas tantas chicas con las que nunca habíamos hablado siempre llegaba a clase con los ojos hinchados y llorosos. De modo que era ella la llorona de los lavabos.
Seguramente hubiera sido mejor no haberlo sabido nunca, lo cual también habría resultado imposible. En seguida comenzamos a pegar la oreja a ver si nos enterábamos de porqué la muchacha se marchitaba un día tras otro en los lavabos. Sus amigas no tardaron en dejar caer la piedra: estaba embarazada. Había decidido tenerlo, pero eso no le impedía pasarse el día llorando. Estaba en su derecho, después de todo, ¿cuál de nosotras no lloraría? Respiramos aliviadas. A nosotras no nos pasaría, jamás. Nosotras éramos las señoritas del plástico y llevábamos condones y barra de labios en cada da uno de nuestros bolsos y mochilas de viaje. Ningún pene desvestido entraría en nuestro cuerpo, no señor. Y, si alguno lo hacía o lo había hecho, había sido un pene lo suficientemente conocido como para que nosotras, señoritas modernas donde las haya, hubiésemos decidido poner otras barreras –anticonceptivos varios- para tal efecto. Así que estábamos salvadas.
¿Cómo podía haber sido tan imbécil aquella chica? ¿Cómo podía haber hecho una gilipollez como aquella? En la vida habíamos cruzado más de tres palabras con ella, pero cuando levantaba la mano para preguntar en clase sus pregunta solían ser interesantes y su vocabulario variado. Sabíamos que leía a Oscar Wilde y a Raymond Carver porque más de una vez se le habían caído los libros de las manos o el pupitre y se los habíamos alcanzado si pasábamos por allí. Era una tía lista, no había duda, con unas converse rojas y un chico mono con moto que venía a recogerla a la salida. ¿Cómo podía haber dejado que le pasase aquello?
Crecieron los rumores al tiempo que su barriga. Al parecer el padre no podía ser sino el chico aquel que venía en moto. Eran una bonita pareja, así que el niño debería salir también mono. Pero a nosotras quién fuera el padre y cómo fuesen a mezclarse sus genes nos traía sin cuidado. El cómo se había quedado embarazada lo teníamos bastante claro y lo desaprobábamos con toda nuestra alma. Luego sus amigas, que intentaban no hablar demasiado del tema, comenzaron a difundir que ella juraba que jamás lo había hecho sin condón. Que JAMÁS lo había hecho SIN condón. En ese punto de la historia fue cuando empezó a cundir el pánico. De modo que ese niño era fruto de la estadística, de la estadística del error para ser exactos. Un 99% de seguridad ofrecida por el trocito de plástico. Un 99%. Lo que nos deja ese solo, mínimo, ínfimo, improbable 1% de posibilidades de concepción. Pero existía. De modo que existía. Ese uno por ciento no sólo era una leyenda de porcentajes en anticonceptivos. Las posibilidades de embarazo existían y se materializaban. Lo peor de todo, se materializaban.
Dejó de ir a clase cuando ya era más que evidente su estado de preñez. La veías pasear por los pasillos con su barriga y sus carpetas. Al parecer alguien había decidido dejarles un pisito a ella y a su chico para que vivieran juntos y cuidaran al bebé. No era el futuro que habían imaginado pero no pareció desagradarles demasiado. Ella dejó de llorar y él empezó a ir a recogerla en coche en lugar de en moto.
Por nuestra parte, nosotras comenzamos nuestro suplicio particular. Temiendo que ese uno por ciento pudiese atacarnos tal y como había hecho con aquella chica. Esperábamos con temor nuestros días de regla, exasperándonos y poniéndonos de los nervios si no llegaban. Gastamos montones de dinero en test de embarazo que se tornaban del color esperado cada vez que orinábamos sobre ellos. Nuestros chicos nos abrazaban o temblaban a la par que nosotras. Ellos también tenían miedo. Les daba pavor el imaginarse acunando a una personita pequeña entre sus brazos. Cuando en un intento de desentenderse del asunto nos decían cosas tales como “no estoy preparado para ser padre” los odiábamos y les escupíamos a la cara. ¿Es que acaso estábamos preparadas nosotras? No se nos retrasaba la regla por nuestra propia voluntad, joder, no. Nosotras queríamos que nos viniese todos los meses. Puntualmente. Hubiésemos querido tenerla permanentemente si eso hubiese garantizado que no estábamos preñadas.
La sola idea del embarazo nos daba arcadas. A alguna se le ocurrió decir que debía ser como tener renacuajos en el estómago. Renacuajos en el estómago. Algo nadando en tu interior, creciendo y desarrollándose ahí dentro. Algo con brazos y con piernas. Con una boca y una nariz. Un pequeño, algo más pequeño que los que corren por el parque. Y luego él salía de ahí dentro para llorar ahí fuera. Lloraría y nos tiraría la papilla a la cara y, bueno, nosotras no teníamos nada en contra de la reproducción ni de la infancia, algunas incluso querían en un futuro ser madres, pero teníamos veinte años y pensar en un embarazo nos daba poco menos que dolor de cabeza.
La neurosis colectiva no nos hizo renunciar por nada del mundo al sexo. Estábamos dispuestas a sufrir, a enloquecer, a dudar, pero no a dejar de follar. Eso por nada del mundo. Así que seguimos haciéndolo como si tal cosa. Con los corazones un poco más asustados después de que ella volviese a la universidad y su chico fuese a recogerla en un coche con sillita de bebé.
Poco a poco dejamos de pensar en ello. El uno por ciento dejó de existir para nosotras y nos concentramos fijamente en el noventa y nueve por ciento restante. Nos entregamos al sexo joven y sin aditivos, por favor. Cada fin de semana, cada jueves por la noche. Cada día que hubiese hueco o sin haberlo. En cualquier lugar en el que pudiésemos ocultar nuestro cuerpo mínimamente. Teníamos veinte años y confiábamos en los preservativos por encima de todo.
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domingo, 15 de febrero de 2009
martes, 18 de septiembre de 2007
-Cosas que hacer tú mismo- (2007)
(cómo empecé a encargarme personalmente de la colada de la ropa de cama)
Por aquella época yo tenía una novia pelirroja, que ella fuera pelirroja era realmente un problema. Tía Natalia podía entender que la chica se tumbara en mi cama para descansar inocentemente cuando la traía a casa, ese hecho explicaba la presencia de los longitudinales cabellos pelirrojos que quedaban sobre mi almohada. Lo que ella no podía o, más bien, no quería tolerar, era la presencia de esos otros, juguetones y rizados, pelitos pelirrojos provenientes de cierta parte de su anatomía que delataban que entre aquellas sábanas había habido algo más de lo que permitían los pensamientos puritanos de mi tía.
Tras las endemoniadas escenas de tía Natalia gritando al encontrar pelitos rizados entre mis sábanas, acabé por decirme a encargarme personalmente de la colada de mi ropa de cama. Al principio sabía controlarlo, cambiaba las sábanas una vez por semana, las metía en la destartalada lavadora durante treinta minutos con un poco de detergente, las tendía y las planchaba. Lo primero que dejé de hacer, visto la inutilidad del asunto, fue lo de la plancha. ¿Qué absurda necesidad siente la gente de planchar las sábanas? Total, no van a durar planchaditas ni una noche, se arrugarán en cuanto te acuestes. Además, de eso de arrugar las sábanas ya nos encargábamos la pelirrojita y yo con premura.
En casa sólo había un par de juegos de sábanas para mi cama. Eso era también un problema, muchas veces, por vagancia o dejadez, tiraba las sábanas sucias en un rincón del patio sin hacer el ánimo de llevar a cabo el sacrificado acto de introducirlas en la lavadora, verter un poco de detergente en el cajoncito, pulsar un mísero botón y poner el programador para que giraran durante media hora. Así que era bastante frecuente que cuando mi pelirrojita pasara a verme las sábanas estuvieran para cambiar y el otro juego arrumbado en el patio, a la espera de que me llegara la iluminación y me decidiese a meterlas en la lavadora. En estas ocasiones optaba por cortar por lo sano: desvestía la cama y arrojaba las sábanas junto a las otras, en lista de espera para el lavado. Era una gloria estar sobre el colchón desnudo junto a ella.
Cuando tomé la decisión de encargarme yo mismo del lavado, tía Natalia cogió la fea costumbre de hacerme la cama mientras yo desayunaba, usando como excusa el que no llegara tarde a donde quiera que fuera a desperdiciar las mañanas. Este supuesto acto de bondad no le servía sino para cerciorarse de si mi novieta y yo seguíamos montándonoslo en su santo hogar. Dados los buenos resultados que me estaba dando el despojar la cama de toda sábana, determiné que lo más cómodo sería proceder del mismo modo cada vez que ella apareciera. Así bastaría con deshacerla cuando la chica llegara y rehacerla cuando se marchase.
Para el contento de tía Natalia, no volvió a haber rastro alguno de pelitos rojos en mis sábanas. Tan alegre estaba al creer que su sobrinito había retornado al buen y casto camino en el que ella decía haberlo educado, que incluso me cocinaba cada dos por tres tortas de hojaldre y me instaba a que invitase a mi chica a tomar el té con ella alguna tarde.
Los problemas llegaron al tiempo que el invierno. El frío helaba la cola de los gatos en la aquella parte del pueblo. las casas no eran demasiado nuevas y la caldera estaba más días estropeada que funcionando. Era imposible no sentir escalofríos al desnudarnos en mi cuarto, el encuentro del cuerpo del otro entre unas gruesas sábanas de franela era un paraíso soñado. Claro, que si dejaba las sábanas puestas corría el riesgo de que los pelitos volvieran a dejar su rastro. Pensé que bastaría con dejar un par de mantas, de modo que quité las sábanas para su posterior reposición.
Ese calor de invierno fue maravilloso durante un par de días, estoy seguro de que abríamos muerto abrasados de haber funcionado la calefacción. Para nuestra desdicha, los nuestros encuentros invernales se complicaron tras la noche de reyes. Tía Natalia, tan pródiga ella en regalos y excesos en las fiestas navideñas, se propuso superar el regalo del año pasado, ¿cómo ofrendarme con algo mejor que los ultra-maravillosos calcetines de lana rasposa colorados del año anterior? Yo también pensaba que un regalo así era insuperable, pero no, podía superarse y con creces. Ese año mi tiíta estaba dispuesta a tirar la casa por la ventana: una magnífica manta de lana rasposa colorada a juego con los malditos calcetines. Gracias tía, tú sí que sabes qué es lo que les gusta a los chicos.
Por muy capullo que la gente crea que soy, no me gusta en absoluto andar hiriendo a la gente que se preocupa por mí, y si mi tía me regala unos jodidos calcetines espantosos, sonrío; y si al año que siguiente se le ocurre la genialidad de que mi regalo sea una asquerosa manta, pues también sonrío y digo “gracias tita”, para que vea que la aprecio, pese a que por dentro esté cagándome en el primer hombre o mujer al que se le ocurrió fabricar prendas textiles con pelos de oveja. De modo que sonreí a mi tía, le di las gracias por tan estupendo regalo y la ayudé a llevar al contenedor las andrajosas mantas de mi cama.
Al día siguiente, aprovechando la salida de tía Natalia a casa de no se qué parientes, mi pelirrojita y yo nos dedicamos al estreno, uso y disfrute, de mi regalo de reyes. A ella, de familia un poco más normal y completa que la mía, le habían regalado una camisola con puntillas que estrenó ese mismo día. La encontré tan condenadamente bonita que no tuve más remedio que quitarle la camisola y acabar como ya se preveía: arrancando las sábanas y enredándonos entre la manta de mi tía. Con tanto traqueteo la espalda de ella no hacía más que rozarse con la maldita manta. La cosa fue bien durante los primeros minutos, pero luego su espalda comenzó a irritarse por culpa del roce con la lana, provocándole una urticaria que le dejó la piel más colorada que la manta misma.
Su espalda acabó tan mal parada que incluso tuve que ir a buscar la crema de flores de mi tía para paliar el escozor y que pudiera volver a ponerse la camisola. Tras esto estuve un par de días sin verla, incluso creí haberla perdido por culpa de la maldita manta. Fui a verla a su casa y me enteré de que estaba guardando reposo tumbada boca abajo para que se le curara la horrible irritación. Al parecer, su epidermis era hipersensible al contacto de ciertos tejidos, irritándose descomunalmente con sólo tocarlos y cuya fricción durante tiempo prolongado podía producirle incluso quemaduras en la piel.
No recuerdo qué bola me contó que le había echado a sus padres para ocultar la verdadera causa de su irritación epidérmica. Ellos eran de esas personas sonrientes que pondrían la mano en el fuego por cualquiera de sus hijos, les compraban bonitos regalos de navidad y los abrazaban mucho. Tenían aquella casa estupenda llena de cojines y de cuadros, el lugar ideal para hacer el amor entre sábanas de algodón sin tener que quitarlas. La pega era que la casa también estaba llena de gente todo el tiempo: hermanitos, abuela, abuelito, gata, gatito… con lo cual los escarceos amorosos quedaban restringidos a mi dulce y patético hogar, sin sábanas pero con mantas asesinas.
Continué visitándola los días siguientes para llevarle flores. A ella le gustaron tanto mis románticas y castas visitas que, en cuanto estuvo recuperada, fue a visitarme con su camisola nueva aprovechando otra ausencia de mi tía. Al verme hacer amago de ir a quitar las sábanas me detuvo.
-¿Qué haces?, ¿no recuerdas cómo acabó mi espalda?
-Tranquila, Quitaré la manta también.
-¿Estás loco? ¡Nos moriríamos de frío!
-¡Já! ¿Qué se le ocurre a la señorita que haga?
-Deja las sábanas, ¿por qué esa estúpida manía de quitar siempre las sábanas?
Nos han jodido, ¿cómo le explicas a una tía que no quieres que tu tía vuelva a darte el coñazo con la moralidad y el matrimonio?
-Oye, oye, no voy a dejar las sábanas.
-¿Por qué?, ¿acaso están sucias?
-Es que no me mola hacerlo con sábanas.
-Pues tú dirás, porque yo sin sábanas no me meto ahí. ¿O es que te importan más tus extrañas manías sexuales que mi espalda?-Ya estaba, armas de fogueo, cuando ven que te tienen acorralado comienzan a afilarse las uñas con el filo de tus propios dientes.
-Está bien, métete con sábanas. Me las apañaré cómo pueda.
-Vengo limpita, ¿sabes? No hace falta que las fumigues después de esto.-Mierda, ¿no podía hacer el favor de desnudarse y callarse de una vez?
-Nena…
-¿Sabes lo que te digo? Que me largo a mi casa, allí al menos puedo meterme en mi cama con sábanas.- Claro, con sábanas, pero sola, ¿o es que no notaba la diferencia? -Nena, nena, no saquemos esto de madre, ¿vale?
Un beso en el cuello. Una mano sobre los botones de la camisola. Bingo.
A la mañana siguiente Tía Natalia, continuando con su tradición para sobrinos malcriados, se dispuso a hacerme la cama. Sabía que la tarde antes había estado con ella allí porque nos la habíamos encontrado por el camino cuando acompañaba a la chica de vuelta a casa.
-Tita, no hagas la cama. En cuanto acabe la haré yo.
-Pero si ya sabes que a mí no me cuesta nada.
-En serio, dedícate a otras cosas, que ya soy mayorcito para que me andes haciendo la cama.- Solté mientras pensaba “Seguro, tú lo que quieres es cotillear a ver de qué color son los pelitos enganchados a la tela!”
-Pero si eres mi sobrino favorito.
-Y el único.
-Pero si tuviera más también lo serías.
-Tita…
-Deja de dar la lata y acaba de desayunar. Yo me encargo de tu cama.
Punto en boca. No intentes llevarle la contraria, sólo quedaba rezar para que no encontrar nada que echarme en cara.
-¡Pero, pero…
Caput, castrado.
-¿Pero qué, tita?- La mitad de sus frases malditas empezaban con pero.
-Pero ya te dije qué… ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Has vuelto a… a…!- Tartamudea exquisitamente bien, todo hay que decirlo.
-¿A qué, tita?
-A esa cosa horrible con esa chica.
-No es tan horrible… Ya somos mayorcitos…
-¡Sí que lo es! Y mientras vivas en esta casa no quiero ver ni un solo pelo que no te pertenezca entre las sábanas, ¿entendiste? ¡Ni uno solo!
-Sí, tita.
-Ahora acaba el desayuno y me pones esos pantalones en el cesto para remendar que da pena verte con esas fachas.
-Enseguida, tita.
Me impuse un par de semanas de castidad para recuperar la confianza de mi señora tía. A la pelirroja le dije que sentía algo extraño en el estómago que me provocaba náuseas constantes. Fue algo realmente insufrible, la chica estaba tan agradecida por haberla ido a ver durante su reposo que sintió la obligación de hacer lo mismo. Cada santa tarde se plantaba en mi casa, estuviera o no estuviera mi tía. Si estaba no había ningún problema, uno refrena perfectamente cualquier instinto sexual con la cercanía de los parientes. Lo malo era cuando no estaba y mi pelirrojita comenzaba a besuquearme inocentemente en las mejillas para que me repusiera pronto.
Tras dos exitosas semanas de tristes pajas en el cuarto de baño, le dije a mi tía que la veía muy liada con todos sus asuntos, y encima tener que ocuparse de mí y de la casa… Al fin y al cabo yo no hacía gran cosa durante el día, vagaba de un sitio a otro haciendo trabajillos, así que… ¿podría ayudarla en las tareas del hogar? Al principio se opuso, cómo no, pero pronto cedió al darse cuenta de que mi proposición no se limitaba a ocuparme de la colada de MIS sábanas en particular, sino que incluía la colada de la ropa de cama de toda la casa y la limpieza de los cuartos de baño. Con propósitos así se convence a cualquiera.
Como viene siendo habitual en mi vida, al principio todo iba más o menos bien. Ponía la lavadora con las sábanas sucias una vez por semana y limpiaba los baños a días alternos. Al duro episodio semanal de poner las sábanas en la lavadora, verter el detergente en el cajoncito, pulsar un botón y poner en marcha el programador para que el lavado durara media hora justa, se añadía ahora la infernal obligación de cargar con el limpia cristales, la lejía, los paños y el estropajo, empapar un paño con limpia cristales, pasarlo por el espejo con cuidado, sin que queden restregones, fregar con lejía los lavabos, sin salpicar, aclarando bien que no queden olores, y, por último, lo más desagradable de todo, empapar el estropajo de lejía y frotar, pero frotar bien, con ahínco, la taza del váter. Nótese que en la casa teníamos dos cuartos de baño, uno que utilizaba mi tía y otro para mí, con lo cual estas encantadoras actividades quedaban multiplicadas por dos.
Durante un par de semanas luché por esta causa que creía tan justa. Limpié con tesón e incluso planché las sábanas antes de ponerlas, hasta llegué a perfumar los lavabos con aroma de espliego en un par de ocasiones. Luego me cansé, al igual que me había pasado con tantas otras cosas antes, como con los estudios, los trabajos, los programas de televisión, las canciones de moda o los pantalones ajustados. Me harté de frotar, del olor a lejía, de pasar la condenada plancha por cada arruguita, de echar chorretes de limpia-cristales en los espejos y hasta de girar la rula del programador para que el lavado durara treinta minutos exactos.
Como he dicho, mi causa era justa. ¿Quién no lucharía por no tener que oír protestar nunca, nunca más en materia de pelos a alguien como mi tía? De modo que sabía que no podía abandonar del todo las actividades de las que había prometido hacerme cargo. Mi plan era el siguiente: limpiaría el cuarto de baño de mi tía y limpiaría sus sábanas puntualmente, mientras que mis sábanas y mi lavabo quedarían subordinadas a mi apetencia.
Por desgracia, no soy una persona a la que suela apetecerle con frecuencia dedicarse a las labores del hogar, lo que unido a mi gran capacidad para la vagancia hizo que mis sábanas y mi lavabo se convirtieran en criaderos de roña antes de que pudiera darme cuenta. Para eso de la mugre la pelirrojita sí que tenía ojo, y comenzó a soltar sus comentarios mordaces con premura. “¿Puedo usar tu lavabo?” “Claro, te espero.” Típico en ella antes de perdernos en mi cama. “Tío, qué asco. ¿Cuánto hace que no friegas esto?” “¿Qué no friego el qué?” “El váter, está que da pena…” “Vamos, no es para tanto…” “Sí, sí que lo es. Es una auténtica porquería.” Por su cara tono se notaba que no le hacía ni pizca de gracia que hubiera algunas manchitas resecas en la porcelana blanca. “Venga, acaba de una vez y ven.”
Cuando regresó llevaba tal cara nauseabunda que no me extrañó que me dijera: “Oye, dejémoslo. Me ha quitado las ganas tu asqueroso lavabo. Mañana, ¿de acuerdo? Y límpialo, no seas cerdo.” A partir de aquél día la obligué a utilizar el impoluto aseo de Tía Natalia.
“Sniff, sniff..” La pelirrojita olfateaba entre mis sábanas. “¿Qué es eso que huele tan mal?” Ya empezaba, ¿por qué no hacía el favor de concentrarse y dejaba los olores para cuando hubiésemos terminado? “¿El qué? Yo no huelo nada.” Hice un intento de reanudar la pasión. “¡Ag! Es repugnante. Como si tuvieras ratas muertas debajo de la cama”. “No tengo ratas muertas debajo de la cama”. “Mejor dejémoslo por hoy, este maldito olor no me deja seguir.”Inconsciente de mí, juro que tenía intención de ponerme a limpiar, sobre todo después de la escenita última de la cama, una cosa así hay que hacer lo que sea para salvarla, pero… quitar las sábanas, meterlas en la lavadora, poner detergente en el cajoncito, poner en marcha el programador, esperar treinta minutos, tenderlas, recogerlas, plancharlas, volver a hacer la cama… hay cosas para las que uno no ha nacido.
La siguiente vez no le fue necesario ni olfatear, fue entrar en las sábanas y encontrarse un... ¿¡un pelo?! “¿Qué es esto?” Soltó escandalizada. “Un pelo”. “Ya sé que es un pelo, pero ¿de quién?” “Mío, evidentemente. No es rojizo, así que es mío.” “Podías tomarte la molestia de cambiar las sábanas.” “Ya.” “¿No cambias las sábanas nunca? Esto huele a rancio.” “Qué va a oler a rancio.” “Huele a rancio. Y ahí manchas por todas partes.” “¿Voy a tener yo la culpa de todas las manchas de este mundo?” “De estas te aseguro que sí”. Silencio. A veces callarse funciona. Debía tener bastantes ganas, porque ignora toda la porquería y seguimos a lo nuestro. Sin embargo, creo escuchar un “guarro” bajito mientras se viste.
“Sniff, sniff…” Olfateando de nuevo. Me abalanzo sobre su boca antes de que pueda abrirla. Se separa de mí. “¿A qué demonios huele esto?” “A ti.” Mierda, mierda, ¡MIERDA! Maldito intento de romanticismo. La bofetada es instantánea.
Por supuesto que no volví a ver a la pelirrojita después de esto. Tampoco me quedaron ganas, me había dejado la cara bien señalada. Además, ya estaba harto de sus escenitas con los olores y de tener que repetir el ritual de lavar las sábanas de mi tía y su lavabo sólo para guardar las apariencias. Tampoco era una gran chica, guapa, sí, con pelitos rojos la mar de simpáticos, aunque demasiado fastidiosos a la hora de la verdad.
Cuando me dejó hice un poco el paripé y le hice saber a mi tía que me había dejado. No recuerdo qué bola le eché sobre el porqué de la separación, como veis no tengo buena mano recordando mentiras. Me encerré un par de días de ficticia depresión en mi habitación y mi buena tía se apiadó de mí. Durante esos dos días ella volvió a ocuparse de la limpieza de los lavabos y la colada de sábanas. Una vez logré superar mi gran, gran trauma, ella siguió haciéndose cargo de todas las labores de la casa. Incluso volví a dejar que me hiciese la cama. Podía volver a disfrutar de mi actividad favorita: no hacer nada.
Después de tantas comeduras de coco con las sábanas y tan duro sacrificio en mis relaciones con la limpieza y las mujeres aprendí algo: la próxima, morena.
Por aquella época yo tenía una novia pelirroja, que ella fuera pelirroja era realmente un problema. Tía Natalia podía entender que la chica se tumbara en mi cama para descansar inocentemente cuando la traía a casa, ese hecho explicaba la presencia de los longitudinales cabellos pelirrojos que quedaban sobre mi almohada. Lo que ella no podía o, más bien, no quería tolerar, era la presencia de esos otros, juguetones y rizados, pelitos pelirrojos provenientes de cierta parte de su anatomía que delataban que entre aquellas sábanas había habido algo más de lo que permitían los pensamientos puritanos de mi tía.
Tras las endemoniadas escenas de tía Natalia gritando al encontrar pelitos rizados entre mis sábanas, acabé por decirme a encargarme personalmente de la colada de mi ropa de cama. Al principio sabía controlarlo, cambiaba las sábanas una vez por semana, las metía en la destartalada lavadora durante treinta minutos con un poco de detergente, las tendía y las planchaba. Lo primero que dejé de hacer, visto la inutilidad del asunto, fue lo de la plancha. ¿Qué absurda necesidad siente la gente de planchar las sábanas? Total, no van a durar planchaditas ni una noche, se arrugarán en cuanto te acuestes. Además, de eso de arrugar las sábanas ya nos encargábamos la pelirrojita y yo con premura.
En casa sólo había un par de juegos de sábanas para mi cama. Eso era también un problema, muchas veces, por vagancia o dejadez, tiraba las sábanas sucias en un rincón del patio sin hacer el ánimo de llevar a cabo el sacrificado acto de introducirlas en la lavadora, verter un poco de detergente en el cajoncito, pulsar un mísero botón y poner el programador para que giraran durante media hora. Así que era bastante frecuente que cuando mi pelirrojita pasara a verme las sábanas estuvieran para cambiar y el otro juego arrumbado en el patio, a la espera de que me llegara la iluminación y me decidiese a meterlas en la lavadora. En estas ocasiones optaba por cortar por lo sano: desvestía la cama y arrojaba las sábanas junto a las otras, en lista de espera para el lavado. Era una gloria estar sobre el colchón desnudo junto a ella.
Cuando tomé la decisión de encargarme yo mismo del lavado, tía Natalia cogió la fea costumbre de hacerme la cama mientras yo desayunaba, usando como excusa el que no llegara tarde a donde quiera que fuera a desperdiciar las mañanas. Este supuesto acto de bondad no le servía sino para cerciorarse de si mi novieta y yo seguíamos montándonoslo en su santo hogar. Dados los buenos resultados que me estaba dando el despojar la cama de toda sábana, determiné que lo más cómodo sería proceder del mismo modo cada vez que ella apareciera. Así bastaría con deshacerla cuando la chica llegara y rehacerla cuando se marchase.
Para el contento de tía Natalia, no volvió a haber rastro alguno de pelitos rojos en mis sábanas. Tan alegre estaba al creer que su sobrinito había retornado al buen y casto camino en el que ella decía haberlo educado, que incluso me cocinaba cada dos por tres tortas de hojaldre y me instaba a que invitase a mi chica a tomar el té con ella alguna tarde.
Los problemas llegaron al tiempo que el invierno. El frío helaba la cola de los gatos en la aquella parte del pueblo. las casas no eran demasiado nuevas y la caldera estaba más días estropeada que funcionando. Era imposible no sentir escalofríos al desnudarnos en mi cuarto, el encuentro del cuerpo del otro entre unas gruesas sábanas de franela era un paraíso soñado. Claro, que si dejaba las sábanas puestas corría el riesgo de que los pelitos volvieran a dejar su rastro. Pensé que bastaría con dejar un par de mantas, de modo que quité las sábanas para su posterior reposición.
Ese calor de invierno fue maravilloso durante un par de días, estoy seguro de que abríamos muerto abrasados de haber funcionado la calefacción. Para nuestra desdicha, los nuestros encuentros invernales se complicaron tras la noche de reyes. Tía Natalia, tan pródiga ella en regalos y excesos en las fiestas navideñas, se propuso superar el regalo del año pasado, ¿cómo ofrendarme con algo mejor que los ultra-maravillosos calcetines de lana rasposa colorados del año anterior? Yo también pensaba que un regalo así era insuperable, pero no, podía superarse y con creces. Ese año mi tiíta estaba dispuesta a tirar la casa por la ventana: una magnífica manta de lana rasposa colorada a juego con los malditos calcetines. Gracias tía, tú sí que sabes qué es lo que les gusta a los chicos.
Por muy capullo que la gente crea que soy, no me gusta en absoluto andar hiriendo a la gente que se preocupa por mí, y si mi tía me regala unos jodidos calcetines espantosos, sonrío; y si al año que siguiente se le ocurre la genialidad de que mi regalo sea una asquerosa manta, pues también sonrío y digo “gracias tita”, para que vea que la aprecio, pese a que por dentro esté cagándome en el primer hombre o mujer al que se le ocurrió fabricar prendas textiles con pelos de oveja. De modo que sonreí a mi tía, le di las gracias por tan estupendo regalo y la ayudé a llevar al contenedor las andrajosas mantas de mi cama.
Al día siguiente, aprovechando la salida de tía Natalia a casa de no se qué parientes, mi pelirrojita y yo nos dedicamos al estreno, uso y disfrute, de mi regalo de reyes. A ella, de familia un poco más normal y completa que la mía, le habían regalado una camisola con puntillas que estrenó ese mismo día. La encontré tan condenadamente bonita que no tuve más remedio que quitarle la camisola y acabar como ya se preveía: arrancando las sábanas y enredándonos entre la manta de mi tía. Con tanto traqueteo la espalda de ella no hacía más que rozarse con la maldita manta. La cosa fue bien durante los primeros minutos, pero luego su espalda comenzó a irritarse por culpa del roce con la lana, provocándole una urticaria que le dejó la piel más colorada que la manta misma.
Su espalda acabó tan mal parada que incluso tuve que ir a buscar la crema de flores de mi tía para paliar el escozor y que pudiera volver a ponerse la camisola. Tras esto estuve un par de días sin verla, incluso creí haberla perdido por culpa de la maldita manta. Fui a verla a su casa y me enteré de que estaba guardando reposo tumbada boca abajo para que se le curara la horrible irritación. Al parecer, su epidermis era hipersensible al contacto de ciertos tejidos, irritándose descomunalmente con sólo tocarlos y cuya fricción durante tiempo prolongado podía producirle incluso quemaduras en la piel.
No recuerdo qué bola me contó que le había echado a sus padres para ocultar la verdadera causa de su irritación epidérmica. Ellos eran de esas personas sonrientes que pondrían la mano en el fuego por cualquiera de sus hijos, les compraban bonitos regalos de navidad y los abrazaban mucho. Tenían aquella casa estupenda llena de cojines y de cuadros, el lugar ideal para hacer el amor entre sábanas de algodón sin tener que quitarlas. La pega era que la casa también estaba llena de gente todo el tiempo: hermanitos, abuela, abuelito, gata, gatito… con lo cual los escarceos amorosos quedaban restringidos a mi dulce y patético hogar, sin sábanas pero con mantas asesinas.
Continué visitándola los días siguientes para llevarle flores. A ella le gustaron tanto mis románticas y castas visitas que, en cuanto estuvo recuperada, fue a visitarme con su camisola nueva aprovechando otra ausencia de mi tía. Al verme hacer amago de ir a quitar las sábanas me detuvo.
-¿Qué haces?, ¿no recuerdas cómo acabó mi espalda?
-Tranquila, Quitaré la manta también.
-¿Estás loco? ¡Nos moriríamos de frío!
-¡Já! ¿Qué se le ocurre a la señorita que haga?
-Deja las sábanas, ¿por qué esa estúpida manía de quitar siempre las sábanas?
Nos han jodido, ¿cómo le explicas a una tía que no quieres que tu tía vuelva a darte el coñazo con la moralidad y el matrimonio?
-Oye, oye, no voy a dejar las sábanas.
-¿Por qué?, ¿acaso están sucias?
-Es que no me mola hacerlo con sábanas.
-Pues tú dirás, porque yo sin sábanas no me meto ahí. ¿O es que te importan más tus extrañas manías sexuales que mi espalda?-Ya estaba, armas de fogueo, cuando ven que te tienen acorralado comienzan a afilarse las uñas con el filo de tus propios dientes.
-Está bien, métete con sábanas. Me las apañaré cómo pueda.
-Vengo limpita, ¿sabes? No hace falta que las fumigues después de esto.-Mierda, ¿no podía hacer el favor de desnudarse y callarse de una vez?
-Nena…
-¿Sabes lo que te digo? Que me largo a mi casa, allí al menos puedo meterme en mi cama con sábanas.- Claro, con sábanas, pero sola, ¿o es que no notaba la diferencia? -Nena, nena, no saquemos esto de madre, ¿vale?
Un beso en el cuello. Una mano sobre los botones de la camisola. Bingo.
A la mañana siguiente Tía Natalia, continuando con su tradición para sobrinos malcriados, se dispuso a hacerme la cama. Sabía que la tarde antes había estado con ella allí porque nos la habíamos encontrado por el camino cuando acompañaba a la chica de vuelta a casa.
-Tita, no hagas la cama. En cuanto acabe la haré yo.
-Pero si ya sabes que a mí no me cuesta nada.
-En serio, dedícate a otras cosas, que ya soy mayorcito para que me andes haciendo la cama.- Solté mientras pensaba “Seguro, tú lo que quieres es cotillear a ver de qué color son los pelitos enganchados a la tela!”
-Pero si eres mi sobrino favorito.
-Y el único.
-Pero si tuviera más también lo serías.
-Tita…
-Deja de dar la lata y acaba de desayunar. Yo me encargo de tu cama.
Punto en boca. No intentes llevarle la contraria, sólo quedaba rezar para que no encontrar nada que echarme en cara.
-¡Pero, pero…
Caput, castrado.
-¿Pero qué, tita?- La mitad de sus frases malditas empezaban con pero.
-Pero ya te dije qué… ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Has vuelto a… a…!- Tartamudea exquisitamente bien, todo hay que decirlo.
-¿A qué, tita?
-A esa cosa horrible con esa chica.
-No es tan horrible… Ya somos mayorcitos…
-¡Sí que lo es! Y mientras vivas en esta casa no quiero ver ni un solo pelo que no te pertenezca entre las sábanas, ¿entendiste? ¡Ni uno solo!
-Sí, tita.
-Ahora acaba el desayuno y me pones esos pantalones en el cesto para remendar que da pena verte con esas fachas.
-Enseguida, tita.
Me impuse un par de semanas de castidad para recuperar la confianza de mi señora tía. A la pelirroja le dije que sentía algo extraño en el estómago que me provocaba náuseas constantes. Fue algo realmente insufrible, la chica estaba tan agradecida por haberla ido a ver durante su reposo que sintió la obligación de hacer lo mismo. Cada santa tarde se plantaba en mi casa, estuviera o no estuviera mi tía. Si estaba no había ningún problema, uno refrena perfectamente cualquier instinto sexual con la cercanía de los parientes. Lo malo era cuando no estaba y mi pelirrojita comenzaba a besuquearme inocentemente en las mejillas para que me repusiera pronto.
Tras dos exitosas semanas de tristes pajas en el cuarto de baño, le dije a mi tía que la veía muy liada con todos sus asuntos, y encima tener que ocuparse de mí y de la casa… Al fin y al cabo yo no hacía gran cosa durante el día, vagaba de un sitio a otro haciendo trabajillos, así que… ¿podría ayudarla en las tareas del hogar? Al principio se opuso, cómo no, pero pronto cedió al darse cuenta de que mi proposición no se limitaba a ocuparme de la colada de MIS sábanas en particular, sino que incluía la colada de la ropa de cama de toda la casa y la limpieza de los cuartos de baño. Con propósitos así se convence a cualquiera.
Como viene siendo habitual en mi vida, al principio todo iba más o menos bien. Ponía la lavadora con las sábanas sucias una vez por semana y limpiaba los baños a días alternos. Al duro episodio semanal de poner las sábanas en la lavadora, verter el detergente en el cajoncito, pulsar un botón y poner en marcha el programador para que el lavado durara media hora justa, se añadía ahora la infernal obligación de cargar con el limpia cristales, la lejía, los paños y el estropajo, empapar un paño con limpia cristales, pasarlo por el espejo con cuidado, sin que queden restregones, fregar con lejía los lavabos, sin salpicar, aclarando bien que no queden olores, y, por último, lo más desagradable de todo, empapar el estropajo de lejía y frotar, pero frotar bien, con ahínco, la taza del váter. Nótese que en la casa teníamos dos cuartos de baño, uno que utilizaba mi tía y otro para mí, con lo cual estas encantadoras actividades quedaban multiplicadas por dos.
Durante un par de semanas luché por esta causa que creía tan justa. Limpié con tesón e incluso planché las sábanas antes de ponerlas, hasta llegué a perfumar los lavabos con aroma de espliego en un par de ocasiones. Luego me cansé, al igual que me había pasado con tantas otras cosas antes, como con los estudios, los trabajos, los programas de televisión, las canciones de moda o los pantalones ajustados. Me harté de frotar, del olor a lejía, de pasar la condenada plancha por cada arruguita, de echar chorretes de limpia-cristales en los espejos y hasta de girar la rula del programador para que el lavado durara treinta minutos exactos.
Como he dicho, mi causa era justa. ¿Quién no lucharía por no tener que oír protestar nunca, nunca más en materia de pelos a alguien como mi tía? De modo que sabía que no podía abandonar del todo las actividades de las que había prometido hacerme cargo. Mi plan era el siguiente: limpiaría el cuarto de baño de mi tía y limpiaría sus sábanas puntualmente, mientras que mis sábanas y mi lavabo quedarían subordinadas a mi apetencia.
Por desgracia, no soy una persona a la que suela apetecerle con frecuencia dedicarse a las labores del hogar, lo que unido a mi gran capacidad para la vagancia hizo que mis sábanas y mi lavabo se convirtieran en criaderos de roña antes de que pudiera darme cuenta. Para eso de la mugre la pelirrojita sí que tenía ojo, y comenzó a soltar sus comentarios mordaces con premura. “¿Puedo usar tu lavabo?” “Claro, te espero.” Típico en ella antes de perdernos en mi cama. “Tío, qué asco. ¿Cuánto hace que no friegas esto?” “¿Qué no friego el qué?” “El váter, está que da pena…” “Vamos, no es para tanto…” “Sí, sí que lo es. Es una auténtica porquería.” Por su cara tono se notaba que no le hacía ni pizca de gracia que hubiera algunas manchitas resecas en la porcelana blanca. “Venga, acaba de una vez y ven.”
Cuando regresó llevaba tal cara nauseabunda que no me extrañó que me dijera: “Oye, dejémoslo. Me ha quitado las ganas tu asqueroso lavabo. Mañana, ¿de acuerdo? Y límpialo, no seas cerdo.” A partir de aquél día la obligué a utilizar el impoluto aseo de Tía Natalia.
“Sniff, sniff..” La pelirrojita olfateaba entre mis sábanas. “¿Qué es eso que huele tan mal?” Ya empezaba, ¿por qué no hacía el favor de concentrarse y dejaba los olores para cuando hubiésemos terminado? “¿El qué? Yo no huelo nada.” Hice un intento de reanudar la pasión. “¡Ag! Es repugnante. Como si tuvieras ratas muertas debajo de la cama”. “No tengo ratas muertas debajo de la cama”. “Mejor dejémoslo por hoy, este maldito olor no me deja seguir.”Inconsciente de mí, juro que tenía intención de ponerme a limpiar, sobre todo después de la escenita última de la cama, una cosa así hay que hacer lo que sea para salvarla, pero… quitar las sábanas, meterlas en la lavadora, poner detergente en el cajoncito, poner en marcha el programador, esperar treinta minutos, tenderlas, recogerlas, plancharlas, volver a hacer la cama… hay cosas para las que uno no ha nacido.
La siguiente vez no le fue necesario ni olfatear, fue entrar en las sábanas y encontrarse un... ¿¡un pelo?! “¿Qué es esto?” Soltó escandalizada. “Un pelo”. “Ya sé que es un pelo, pero ¿de quién?” “Mío, evidentemente. No es rojizo, así que es mío.” “Podías tomarte la molestia de cambiar las sábanas.” “Ya.” “¿No cambias las sábanas nunca? Esto huele a rancio.” “Qué va a oler a rancio.” “Huele a rancio. Y ahí manchas por todas partes.” “¿Voy a tener yo la culpa de todas las manchas de este mundo?” “De estas te aseguro que sí”. Silencio. A veces callarse funciona. Debía tener bastantes ganas, porque ignora toda la porquería y seguimos a lo nuestro. Sin embargo, creo escuchar un “guarro” bajito mientras se viste.
“Sniff, sniff…” Olfateando de nuevo. Me abalanzo sobre su boca antes de que pueda abrirla. Se separa de mí. “¿A qué demonios huele esto?” “A ti.” Mierda, mierda, ¡MIERDA! Maldito intento de romanticismo. La bofetada es instantánea.
Por supuesto que no volví a ver a la pelirrojita después de esto. Tampoco me quedaron ganas, me había dejado la cara bien señalada. Además, ya estaba harto de sus escenitas con los olores y de tener que repetir el ritual de lavar las sábanas de mi tía y su lavabo sólo para guardar las apariencias. Tampoco era una gran chica, guapa, sí, con pelitos rojos la mar de simpáticos, aunque demasiado fastidiosos a la hora de la verdad.
Cuando me dejó hice un poco el paripé y le hice saber a mi tía que me había dejado. No recuerdo qué bola le eché sobre el porqué de la separación, como veis no tengo buena mano recordando mentiras. Me encerré un par de días de ficticia depresión en mi habitación y mi buena tía se apiadó de mí. Durante esos dos días ella volvió a ocuparse de la limpieza de los lavabos y la colada de sábanas. Una vez logré superar mi gran, gran trauma, ella siguió haciéndose cargo de todas las labores de la casa. Incluso volví a dejar que me hiciese la cama. Podía volver a disfrutar de mi actividad favorita: no hacer nada.
Después de tantas comeduras de coco con las sábanas y tan duro sacrificio en mis relaciones con la limpieza y las mujeres aprendí algo: la próxima, morena.
Antonio Claret (2008)
Antonio Claret no existía hasta que no se miraba en el espejo. Cientos de Clarets bostezando unos reflejados en otros, extendiéndose hasta el infinito gracias al milagro de los espejos contrapuestos que cubrían las paredes de su habitación. Con cada uno de sus despertares nacía la imagen de cientos de Clarets multiplicándose ante el milagro matutino. Clarets somnolientos, legañosos, perezosos, repetidos ante los primeros rayos de sol. Clarets sin fuerzas para levantarse de la cama o Clarets pletóricos cual amanecer de agosto, pero siempre Clarets caleidoscópicos.
El reflejo daba sentido a su existencia. “Me veo, me reconozco, existo”. Observar su cara, su propio cuerpo, mirarse fijamente a los ojos y suspirar contemplando su boca exhalando el aire, era el mayor placer que podía experimentar. Palpar su cara mientras contemplaba la imagen de sus dedos, los mismos que él sentía, movía y admiraba; acariciar su cara gesticulando a su antojo para ver reflejado el producto visual de aquello que generaba en su mente y plasmaba con movimientos. Nada de lo que él no pudiera ver existía porque no podía comprender que fuera de otra forma. Estando encerrado en casa nada más que eso era real. Creer que había un mundo fuera, unas gentes viviendo y muriendo mientras él estaba allí bebiendo cerveza le parecía poco menos que absurdo. Pero esa convicción, esa creencia ciega en el sentido de la vista, lo había llevado a sentir la necesidad de verse a sí mismo para poder sentirse real. Obsesionado con que su persona pudiera no existir o hasta desaparecer si no la observaba cada cierto tiempo, se rodeó de quitamiedos que resultaron ser espejos. Recorrió mercadillos y anticuarios buscando que encajaran bien unos con otros para poder llenar las paredes sin que quedaran huecos. Espejos rectangulares, redondos, ovalados, de marco dorado o de madera, llenaron las paredes de su cuarto de brillo, reflejo e imagen. Incluso dispuso la cama de modo que su cara se reflejara en todas las paredes mientras dormía.
Antonio no se limitaba a observarse en los espejos de su dormitorio. Una obsesión no es propiamente una obsesión si se reduce a una manía de andar por casa, así que se valía de cada superficie reflectante para ver su cara en cuanto le era posible. Cristales, escaparates, ventanas de coches, charcos, lentes de gafas, incluso molduras plateadas de cuadros, grifos, manivelas y reversos de CDs le servían para contemplarse. Intentaba procurarse una visión de sí mismo cada cierto tiempo buscando a la desesperada cualquier objeto que pudiera devolverle su imagen y sentido.
El problema llegó una loca noche de viernes, cuando sus paredes eran ya dignas de aparecer en monográficos de extravagancias. Lo que en principio sería una cena de viejos compañeros de trabajo derivó en los cuatro locos de siempre, los desparejados ligeros de cascos, bebiendo cubalibres en una discoteca de las afueras.
Las luces parpadeaban. La música era simple: ritmo fácil y melodía inexistente. Bailar, al menos moverse entre golpe y golpe, se convertía en producto de la inercia. Las mujeres ofrecían sus piernas y los hombres sus dientes. El rencuentro llevó a la conversación, de ahí al alcohol y de éste a las risas. No era demasiado lo que cuatro hombres como ellos podían ofrecer, pero el más lanzado no tardó en dar caza a una pelirroja-tapón que les presentó a sus amigas. Bailaron con ellas y acabaron sobándose por parejas. Tras la tercera risa y el segundo beso Claret recordó que hacía mucho tiempo que no se veía, de modo que no podía asegurar que lo que experimentaba con aquella mujerzuela fuese real. Intentó primero observarse en las pupilas de ella, pero la tipa mantenía los ojos cerrados. Excusándose como pudo, fue a por un vaso donde poder reflejarse. Las luces eran demasiado oscuras para que el cristal captase su rostro y tuvo que correr al lavabo en busca de un condenado espejo.
Nada, ni rastro de un mísero espejo en aquel antro de meadero. Ni siquiera algo metálico, ni toallero, ni secador de manos, ni nada. A Antonio Claret comenzaban a temblarle las manos. Hacía meses que no pasaba tanto tiempo sin haberse contemplado, incluso mientras dormía tenía la tranquilidad de estar siendo reflejado por algo. En un intento desesperado entró en el aseo de señoras. Tampoco allí había ningún espejo en el que las señoritas pudiesen retocarse la barra de labios. ¿Podía saberse qué tipo de discoteca era aquella? En contra de todas las estadísticas que señalan como último lugar de la tierra un servicio público para encontrar el amor, allí estaba ella, su salvadora. Una joven de pelo revuelto que se echó a reír nada más verlo entrar en el aseo de señoras. Una mujer con una pupilas tan brillantes que hubieran sido suficientes para vencer al reflejo de Claret en cualquier espejo de oro esmaltado. Y, más importante aún, con gafas de diseño exquisito, inmaculadamente limpias y reflectantes, donde Claret pudo al fin contemplar su ansiado reflejo.
La mujer que lo salvó resultó llamarse María y estar trabajando como estomatóloga en el Hospital Provincial. Sólo cuando Claret se vio ya dentro de su cuarto, prisionero en su piso de semi-lujo en el mismísimo centro de la ciudad, y vio la bata colgada de un perchero, se dio cuenta de dónde se estaba metiendo. Antes de llegar hasta allí, antes de que su camisa cayera al tiempo que caían sus ojos para expandirse por los pechos diminutos de ella, olvidando lo que acababa de leer bordado en la bata blanca del perchero, antes deberían pasar algunas palabras y reflejos de él mismo en las gafas salvadoras. Después de la risa de María al verlo entrar en el aseo de señoras y del alivio de él al encontrar que su rostro no había desaparecido, Claret la invitó a una copa. Aceptó, otorgándole el placer de la auto-contemplación y la vista panorámica de sus piernas.
“De modo que estomatóloga”, tuvo tiempo de pensar antes de deslumbrarse con la plenitud de sus carnes en medio de aquella habitación rococó con un inmenso tocador SIN ESPEJO. Ya en la cúspide del romanticismo, con las luces apagadas, las gafas de María sobre la mesilla y los párpados cerrados, a Claret lo invadió el pavor de no saber a ciencia cierta si aquello que experimentaba era real. La negación del sentido de la vista entre las sábanas de raso y su abusiva necesidad del reflejo como verificación de la sensación, echaron por tierra la que podría haber sido una apasionante noche. Aquello acabó mal y pronto, con una estomatóloga insatisfecha yaciente en la cama y él apabullado ante la oscuridad del amor. Claret salió corriendo hacia el lavabo. Un impresionante espejo propio de Sisí Emperatriz le devolvió su reflejo, ahí estaba: Antonio Claret reflejado y deshecho.
Pese al desencanto sexual de aquella noche, la estomatóloga le dio una segunda oportunidad. La siguiente cita sería en un lugar más relajado, una cafetería de aire bohemio con grandes espejos victorianos colgando de las paredes. La realidad de verse a sí mismo besando la boca de María en el espejo hizo que Claret no se lo pensara dos veces. Pagó los dos expresos y la llevó cual alma que lleva el diablo hasta la fascinante habitación de los espejos.
María quedó asombrada al contemplarlos. Cada milímetro de la pared estaba cubierto por un pedacito de acero bruñido que le devolvía reflejada por ciento la estupefacción de sus ojos.
-¿Te gusta?- le preguntó Antonio con miedo a que pudiese tomarlo por loco y saliese corriendo.
-Ahá, - respondió tras lanzar otra mirada curiosa por las paredes. Tras unos segundos, se posó en los ojos de Claret para decir con entusiasmo - ¡Reflejémonos!
Hasta los espejos sintieron entonces el resplandor de las palabras.
Esa magnífica tarde los espejos pudieron deleitarse con miles de imágenes distintas hasta que la escena de Claret dormido sobre el pecho de María se apoderó de las paredes. A esas horas de la madrugada a ella le vinieron a la cabeza las siguientes palabras: “¿Y el techo?”
Sería ya en su segundo aniversario, como regalo de compromiso, cuando María hizo instalar en el techo de Antonio Claret un espejo de 4x4 que diera fe de todo lo que pudiera pasar ahí abajo.
El ramo de rosas que le llevaron al hospital, la cena y el anillo fueron las tradicionales artimañas de las que Claret se había servido para proponerle matrimonio a su estomatóloga. Eligieron la corbata del padrino, el color de las flores, el vuelo que habría de llevarlos a Cancún y el sabor de la tarta. Pusieron día, hora, lugar, número de cuenta donde los invitados podían hacer su regalo, y un “se ruega confirmen asistencia” impreso en invitaciones la mar de horteras pero, eso sí, enviadas en sobres plateados efecto espejo que encantaron al prometido.
Cual cuento de hadas a sus treinta bien entrados años, se casaron y fueron felices. El piso de Claret sería el elegido como nicho de amor del matrimonio. Allí, en su estridente alcoba, los espejos memorizaron a fuerza de infinita repetición los gestos de amor que se sucedían día tras día.
Docenas de espejos sin un solo resquebrajo que perturbara cinco años de dulce convivencia. Los espejos contemplaban ya impávidos el retozar de la pareja, tan sólo interrumpido por los turnos nocturnos de María, momentos en los que Claret se encontraba perdido ante la visión de su rostro solitario. Fue en una de esas noches, con un Claret ya tan acostumbrado a la vida de casado como para que las noches en solitario le parecieran el mismísimo infierno, cuando un espejito chiquitín, que reflejaba apenas una esquina de la habitación, fragmentó su reflejo con cuatro profundas grietas.
Un par de días más tarde, con su estomatóloga fuera de casa, Claret acudió a una nueva cita con sus excompañeros de trabajo, la misma durante la cual había conocido a su esposa años antes. Una vez más, esposas y novias formales incluidas en el evento. No obstante, Antonio acudió en solitario, excusando la falta de su esposa por motivos de trabajo. La añoraba profundamente, hacía muchísimo tiempo que no salía de noche sin ella, ¿qué mejor espejo que sus ojos para reflejarse? María… Aíram leído al espejo. La reina indiscutible del reflejo. Su reina.
Al poco, la imagen laberíntica de los cuerpos se multiplicaba en las paredes. Una falda y sus volantes tirados por el suelo. La luz de la farola alumbrando los cabellos rojos de ella; a lo lejos, la luna. La llama pelirroja se extendía y zarandeaba. Junto a ella, la boca de un Antonio Claret adivina incendios. Hasta aquí todo perfecto. De no ser porque no se trataba de la maraña de cabellos rizados y rubios que normalmente albergaba el espejo en noches como esa. Ni siquiera la bata blanca con el nombre de “ Doctora María, Estomatóloga” sobre el bolsillo izquierdo estaba tirada en el suelo. En su lugar, una falda azul.
Dada la ausencia de su compañera, nada había impedido que acabara la noche con los eternos solterones en otra de tantas discotecas de las afueras, donde bailaron y se recrearon hasta que unas copas de más y un poco de maquillaje hicieron flaquear las fuerzas de Claret, que encontró en los ojos brillantes de una desconocida el reflejo que su rostro necesitaba aquella noche. Los espejos no salían de su asombro, el error de la imagen conllevaba el reflejo del error.
La gatita nocturna desapareció pronto. El reflejo de los rayos rojos del amanecer se había llevado sus cabellos, pero no su rastro. Claret puso las sábanas a lavar e intentó recordar para poder borrar con más ahínco todo lo acontecido. Se acordó de María y de sus cuerpos en los espejos. De sus manos acariciándole el pelo con movimientos infinitamente repetidos, de su amor multiplicado por cien sobre el acero bruñido.
Y luego, más abajo, la mancha. El pecado en su nombre de santo, la culpabilidad del propio cuerpo de la que habían sido testigos los espejos. El cuerpo de esa otra frente al suyo, el cuerpo de esa otra entre el suyo, el cuerpo de esa otra bajo del suyo. La imagen perduraba en su mente y hacía que creyera ver escapar de cuando en cuando un destello fotográfico de aquella situación.
¿De dónde había salido? No recordaba siquiera su nombre. Es más, ¿llegó a saberlo? Cristina, habría de llamarse Cristina, porque “la otra” , la calienta pollas que hace que se te levante cuando no debes, siempre tiene un nombre igual de sugerente que sus pechos. Marta o Cristina, Natalia si me apuras. Pero nunca Magdalena, Ángeles ni, por supuesto, María, esos son nombres reservados a santas madres y esposas. Cristina y sus caderas en falda azul, Cristina y sus cabellos rojos, Cristina y los errores de la noche. Pero no importaba, ella no importaba, Cristina o cómo quisiera que se llamase. María, María, María mil veces. María la reina del espejo, María, su María, la única, la estomatóloga, la de las caderas chiquitas y las pupilas como espejos. Su María y no otra. Ni Cristina ni nadie. Única e inigualable, amada hasta la saciedad, amada por encima de calentones de la noche porque a una mujer como ella nunca podría serle infiel. Nunca. María y la infidelidad inquebrantable. Claret y su devoción absoluta. Él no era un cerdo que se acostaba con cualquiera, no era de esos que ponían los cuernos a sus esposas, él no le sería infiel, él no le había sido…
Pero la negación no iba a salvar a Antonio de lo ocurrido. El problema real no radicaba en que María llegase a descubrirlo, sino que en la mente de Claret las palabras de súplica y perdón para consigo mismo se multiplicaban al ritmo que los espejos le devolvían las curvas, los gestos, los gemidos inclusive de aquella otra, como si de una grabación se tratase. Gemía y se retorcía en la cama. No podía aguantarlo, el contacto con su propio cuerpo le provocaba arcadas. Se repugnaba a sí mismo. En un vano intento de purificación se arrancó la ropa y se bañó entre llantos. Al principio las lágrimas consiguieron apartarlo de las visiones, relegando su dolor a puro resentimiento de infiel. Para su desgracia, pronto las lágrimas no hicieron sino actuar como calidoscopio, multiplicando las ya de por sí infinitas imágenes de los espejos, libidinosos infiernos que mostraban su culpa.
Ya quedaba poco, apenas una hora. Una hora y todo pasaría, unos minutos, no más. Ella volvería. Pronto, sí, pronto. Ella, ELLA, María, su María, la reina del espejo. Sólo ella podría librarlo de la culpa. Lo entendería, lo perdonaría y lo amaría. Olvidarían juntos aquello porque ella lo limpiaría de su pecado. ¿O mejor no decírselo nunca? Ocultar la mancha, negarla por siempre, tirarla al fondo de la ciénaga para que nadie pudiese sacarla. Pero no, la culpa… la culpa acabaría comiéndoselo, pudriéndolo hasta convertirlo en un ser pueril indigno del divino amor de su reina.
Grito final. Justo en ese agónico momento Dios parece querer convertir en gran film holliwoodiense el sufrimiento de nuestro amigo. Un terremoto 5.9 escala Richter sacude la ciudad. Los edificios, que no son ni de lejos esas papirofléxicas construcciones japonesas, se tambalean toscamente. Tres míseros minutos. Desprendimientos, gente corriendo, nuestro Claret refugiado en el marco de la puerta como ha visto hacer en las películas, mientras tiemblan sus espejos. María, que en ese momento estaba llegando a casa, da un volantazo. Baja del coche, el temblor la hace caer de sus tacones sólo a unos metros del portal, justo bajo la ventana de la habitación de los espejos. Permanece inmóvil en el suelo. Los edificios más endebles se resquebrajan; los espejos, idem. Los pedacitos de pelirroja han ido cayendo al suelo. Y, en ese momento, lo oye, LA OYE. “¡Claret!, ¡Clareeeeeeeet!” la imagen de esa zorra vuelve a los cristales, ahora hasta escucha sus gritos mientras ve culebrear su cuerpo en los cristales rotos. Acabará con todo. Claret coge los pedazos de espejo con las manos desnudas. El acero bruñido le hace cortes, su sangre se multiplica y se hace eterna. Lanza los pedazos de espejo ensangrentados por la ventana.
El cesar de los gritos se llevó la culpa.
Cuando se encontró aquel cadáver de mujer tendido en mitad de la calle nadie supo explicar de dónde habían salido los espejos que se habían clavado en sus carnes.
El reflejo daba sentido a su existencia. “Me veo, me reconozco, existo”. Observar su cara, su propio cuerpo, mirarse fijamente a los ojos y suspirar contemplando su boca exhalando el aire, era el mayor placer que podía experimentar. Palpar su cara mientras contemplaba la imagen de sus dedos, los mismos que él sentía, movía y admiraba; acariciar su cara gesticulando a su antojo para ver reflejado el producto visual de aquello que generaba en su mente y plasmaba con movimientos. Nada de lo que él no pudiera ver existía porque no podía comprender que fuera de otra forma. Estando encerrado en casa nada más que eso era real. Creer que había un mundo fuera, unas gentes viviendo y muriendo mientras él estaba allí bebiendo cerveza le parecía poco menos que absurdo. Pero esa convicción, esa creencia ciega en el sentido de la vista, lo había llevado a sentir la necesidad de verse a sí mismo para poder sentirse real. Obsesionado con que su persona pudiera no existir o hasta desaparecer si no la observaba cada cierto tiempo, se rodeó de quitamiedos que resultaron ser espejos. Recorrió mercadillos y anticuarios buscando que encajaran bien unos con otros para poder llenar las paredes sin que quedaran huecos. Espejos rectangulares, redondos, ovalados, de marco dorado o de madera, llenaron las paredes de su cuarto de brillo, reflejo e imagen. Incluso dispuso la cama de modo que su cara se reflejara en todas las paredes mientras dormía.
Antonio no se limitaba a observarse en los espejos de su dormitorio. Una obsesión no es propiamente una obsesión si se reduce a una manía de andar por casa, así que se valía de cada superficie reflectante para ver su cara en cuanto le era posible. Cristales, escaparates, ventanas de coches, charcos, lentes de gafas, incluso molduras plateadas de cuadros, grifos, manivelas y reversos de CDs le servían para contemplarse. Intentaba procurarse una visión de sí mismo cada cierto tiempo buscando a la desesperada cualquier objeto que pudiera devolverle su imagen y sentido.
El problema llegó una loca noche de viernes, cuando sus paredes eran ya dignas de aparecer en monográficos de extravagancias. Lo que en principio sería una cena de viejos compañeros de trabajo derivó en los cuatro locos de siempre, los desparejados ligeros de cascos, bebiendo cubalibres en una discoteca de las afueras.
Las luces parpadeaban. La música era simple: ritmo fácil y melodía inexistente. Bailar, al menos moverse entre golpe y golpe, se convertía en producto de la inercia. Las mujeres ofrecían sus piernas y los hombres sus dientes. El rencuentro llevó a la conversación, de ahí al alcohol y de éste a las risas. No era demasiado lo que cuatro hombres como ellos podían ofrecer, pero el más lanzado no tardó en dar caza a una pelirroja-tapón que les presentó a sus amigas. Bailaron con ellas y acabaron sobándose por parejas. Tras la tercera risa y el segundo beso Claret recordó que hacía mucho tiempo que no se veía, de modo que no podía asegurar que lo que experimentaba con aquella mujerzuela fuese real. Intentó primero observarse en las pupilas de ella, pero la tipa mantenía los ojos cerrados. Excusándose como pudo, fue a por un vaso donde poder reflejarse. Las luces eran demasiado oscuras para que el cristal captase su rostro y tuvo que correr al lavabo en busca de un condenado espejo.
Nada, ni rastro de un mísero espejo en aquel antro de meadero. Ni siquiera algo metálico, ni toallero, ni secador de manos, ni nada. A Antonio Claret comenzaban a temblarle las manos. Hacía meses que no pasaba tanto tiempo sin haberse contemplado, incluso mientras dormía tenía la tranquilidad de estar siendo reflejado por algo. En un intento desesperado entró en el aseo de señoras. Tampoco allí había ningún espejo en el que las señoritas pudiesen retocarse la barra de labios. ¿Podía saberse qué tipo de discoteca era aquella? En contra de todas las estadísticas que señalan como último lugar de la tierra un servicio público para encontrar el amor, allí estaba ella, su salvadora. Una joven de pelo revuelto que se echó a reír nada más verlo entrar en el aseo de señoras. Una mujer con una pupilas tan brillantes que hubieran sido suficientes para vencer al reflejo de Claret en cualquier espejo de oro esmaltado. Y, más importante aún, con gafas de diseño exquisito, inmaculadamente limpias y reflectantes, donde Claret pudo al fin contemplar su ansiado reflejo.
La mujer que lo salvó resultó llamarse María y estar trabajando como estomatóloga en el Hospital Provincial. Sólo cuando Claret se vio ya dentro de su cuarto, prisionero en su piso de semi-lujo en el mismísimo centro de la ciudad, y vio la bata colgada de un perchero, se dio cuenta de dónde se estaba metiendo. Antes de llegar hasta allí, antes de que su camisa cayera al tiempo que caían sus ojos para expandirse por los pechos diminutos de ella, olvidando lo que acababa de leer bordado en la bata blanca del perchero, antes deberían pasar algunas palabras y reflejos de él mismo en las gafas salvadoras. Después de la risa de María al verlo entrar en el aseo de señoras y del alivio de él al encontrar que su rostro no había desaparecido, Claret la invitó a una copa. Aceptó, otorgándole el placer de la auto-contemplación y la vista panorámica de sus piernas.
“De modo que estomatóloga”, tuvo tiempo de pensar antes de deslumbrarse con la plenitud de sus carnes en medio de aquella habitación rococó con un inmenso tocador SIN ESPEJO. Ya en la cúspide del romanticismo, con las luces apagadas, las gafas de María sobre la mesilla y los párpados cerrados, a Claret lo invadió el pavor de no saber a ciencia cierta si aquello que experimentaba era real. La negación del sentido de la vista entre las sábanas de raso y su abusiva necesidad del reflejo como verificación de la sensación, echaron por tierra la que podría haber sido una apasionante noche. Aquello acabó mal y pronto, con una estomatóloga insatisfecha yaciente en la cama y él apabullado ante la oscuridad del amor. Claret salió corriendo hacia el lavabo. Un impresionante espejo propio de Sisí Emperatriz le devolvió su reflejo, ahí estaba: Antonio Claret reflejado y deshecho.
Pese al desencanto sexual de aquella noche, la estomatóloga le dio una segunda oportunidad. La siguiente cita sería en un lugar más relajado, una cafetería de aire bohemio con grandes espejos victorianos colgando de las paredes. La realidad de verse a sí mismo besando la boca de María en el espejo hizo que Claret no se lo pensara dos veces. Pagó los dos expresos y la llevó cual alma que lleva el diablo hasta la fascinante habitación de los espejos.
María quedó asombrada al contemplarlos. Cada milímetro de la pared estaba cubierto por un pedacito de acero bruñido que le devolvía reflejada por ciento la estupefacción de sus ojos.
-¿Te gusta?- le preguntó Antonio con miedo a que pudiese tomarlo por loco y saliese corriendo.
-Ahá, - respondió tras lanzar otra mirada curiosa por las paredes. Tras unos segundos, se posó en los ojos de Claret para decir con entusiasmo - ¡Reflejémonos!
Hasta los espejos sintieron entonces el resplandor de las palabras.
Esa magnífica tarde los espejos pudieron deleitarse con miles de imágenes distintas hasta que la escena de Claret dormido sobre el pecho de María se apoderó de las paredes. A esas horas de la madrugada a ella le vinieron a la cabeza las siguientes palabras: “¿Y el techo?”
Sería ya en su segundo aniversario, como regalo de compromiso, cuando María hizo instalar en el techo de Antonio Claret un espejo de 4x4 que diera fe de todo lo que pudiera pasar ahí abajo.
El ramo de rosas que le llevaron al hospital, la cena y el anillo fueron las tradicionales artimañas de las que Claret se había servido para proponerle matrimonio a su estomatóloga. Eligieron la corbata del padrino, el color de las flores, el vuelo que habría de llevarlos a Cancún y el sabor de la tarta. Pusieron día, hora, lugar, número de cuenta donde los invitados podían hacer su regalo, y un “se ruega confirmen asistencia” impreso en invitaciones la mar de horteras pero, eso sí, enviadas en sobres plateados efecto espejo que encantaron al prometido.
Cual cuento de hadas a sus treinta bien entrados años, se casaron y fueron felices. El piso de Claret sería el elegido como nicho de amor del matrimonio. Allí, en su estridente alcoba, los espejos memorizaron a fuerza de infinita repetición los gestos de amor que se sucedían día tras día.
Docenas de espejos sin un solo resquebrajo que perturbara cinco años de dulce convivencia. Los espejos contemplaban ya impávidos el retozar de la pareja, tan sólo interrumpido por los turnos nocturnos de María, momentos en los que Claret se encontraba perdido ante la visión de su rostro solitario. Fue en una de esas noches, con un Claret ya tan acostumbrado a la vida de casado como para que las noches en solitario le parecieran el mismísimo infierno, cuando un espejito chiquitín, que reflejaba apenas una esquina de la habitación, fragmentó su reflejo con cuatro profundas grietas.
Un par de días más tarde, con su estomatóloga fuera de casa, Claret acudió a una nueva cita con sus excompañeros de trabajo, la misma durante la cual había conocido a su esposa años antes. Una vez más, esposas y novias formales incluidas en el evento. No obstante, Antonio acudió en solitario, excusando la falta de su esposa por motivos de trabajo. La añoraba profundamente, hacía muchísimo tiempo que no salía de noche sin ella, ¿qué mejor espejo que sus ojos para reflejarse? María… Aíram leído al espejo. La reina indiscutible del reflejo. Su reina.
Al poco, la imagen laberíntica de los cuerpos se multiplicaba en las paredes. Una falda y sus volantes tirados por el suelo. La luz de la farola alumbrando los cabellos rojos de ella; a lo lejos, la luna. La llama pelirroja se extendía y zarandeaba. Junto a ella, la boca de un Antonio Claret adivina incendios. Hasta aquí todo perfecto. De no ser porque no se trataba de la maraña de cabellos rizados y rubios que normalmente albergaba el espejo en noches como esa. Ni siquiera la bata blanca con el nombre de “ Doctora María, Estomatóloga” sobre el bolsillo izquierdo estaba tirada en el suelo. En su lugar, una falda azul.
Dada la ausencia de su compañera, nada había impedido que acabara la noche con los eternos solterones en otra de tantas discotecas de las afueras, donde bailaron y se recrearon hasta que unas copas de más y un poco de maquillaje hicieron flaquear las fuerzas de Claret, que encontró en los ojos brillantes de una desconocida el reflejo que su rostro necesitaba aquella noche. Los espejos no salían de su asombro, el error de la imagen conllevaba el reflejo del error.
La gatita nocturna desapareció pronto. El reflejo de los rayos rojos del amanecer se había llevado sus cabellos, pero no su rastro. Claret puso las sábanas a lavar e intentó recordar para poder borrar con más ahínco todo lo acontecido. Se acordó de María y de sus cuerpos en los espejos. De sus manos acariciándole el pelo con movimientos infinitamente repetidos, de su amor multiplicado por cien sobre el acero bruñido.
Y luego, más abajo, la mancha. El pecado en su nombre de santo, la culpabilidad del propio cuerpo de la que habían sido testigos los espejos. El cuerpo de esa otra frente al suyo, el cuerpo de esa otra entre el suyo, el cuerpo de esa otra bajo del suyo. La imagen perduraba en su mente y hacía que creyera ver escapar de cuando en cuando un destello fotográfico de aquella situación.
¿De dónde había salido? No recordaba siquiera su nombre. Es más, ¿llegó a saberlo? Cristina, habría de llamarse Cristina, porque “la otra” , la calienta pollas que hace que se te levante cuando no debes, siempre tiene un nombre igual de sugerente que sus pechos. Marta o Cristina, Natalia si me apuras. Pero nunca Magdalena, Ángeles ni, por supuesto, María, esos son nombres reservados a santas madres y esposas. Cristina y sus caderas en falda azul, Cristina y sus cabellos rojos, Cristina y los errores de la noche. Pero no importaba, ella no importaba, Cristina o cómo quisiera que se llamase. María, María, María mil veces. María la reina del espejo, María, su María, la única, la estomatóloga, la de las caderas chiquitas y las pupilas como espejos. Su María y no otra. Ni Cristina ni nadie. Única e inigualable, amada hasta la saciedad, amada por encima de calentones de la noche porque a una mujer como ella nunca podría serle infiel. Nunca. María y la infidelidad inquebrantable. Claret y su devoción absoluta. Él no era un cerdo que se acostaba con cualquiera, no era de esos que ponían los cuernos a sus esposas, él no le sería infiel, él no le había sido…
Pero la negación no iba a salvar a Antonio de lo ocurrido. El problema real no radicaba en que María llegase a descubrirlo, sino que en la mente de Claret las palabras de súplica y perdón para consigo mismo se multiplicaban al ritmo que los espejos le devolvían las curvas, los gestos, los gemidos inclusive de aquella otra, como si de una grabación se tratase. Gemía y se retorcía en la cama. No podía aguantarlo, el contacto con su propio cuerpo le provocaba arcadas. Se repugnaba a sí mismo. En un vano intento de purificación se arrancó la ropa y se bañó entre llantos. Al principio las lágrimas consiguieron apartarlo de las visiones, relegando su dolor a puro resentimiento de infiel. Para su desgracia, pronto las lágrimas no hicieron sino actuar como calidoscopio, multiplicando las ya de por sí infinitas imágenes de los espejos, libidinosos infiernos que mostraban su culpa.
Ya quedaba poco, apenas una hora. Una hora y todo pasaría, unos minutos, no más. Ella volvería. Pronto, sí, pronto. Ella, ELLA, María, su María, la reina del espejo. Sólo ella podría librarlo de la culpa. Lo entendería, lo perdonaría y lo amaría. Olvidarían juntos aquello porque ella lo limpiaría de su pecado. ¿O mejor no decírselo nunca? Ocultar la mancha, negarla por siempre, tirarla al fondo de la ciénaga para que nadie pudiese sacarla. Pero no, la culpa… la culpa acabaría comiéndoselo, pudriéndolo hasta convertirlo en un ser pueril indigno del divino amor de su reina.
Grito final. Justo en ese agónico momento Dios parece querer convertir en gran film holliwoodiense el sufrimiento de nuestro amigo. Un terremoto 5.9 escala Richter sacude la ciudad. Los edificios, que no son ni de lejos esas papirofléxicas construcciones japonesas, se tambalean toscamente. Tres míseros minutos. Desprendimientos, gente corriendo, nuestro Claret refugiado en el marco de la puerta como ha visto hacer en las películas, mientras tiemblan sus espejos. María, que en ese momento estaba llegando a casa, da un volantazo. Baja del coche, el temblor la hace caer de sus tacones sólo a unos metros del portal, justo bajo la ventana de la habitación de los espejos. Permanece inmóvil en el suelo. Los edificios más endebles se resquebrajan; los espejos, idem. Los pedacitos de pelirroja han ido cayendo al suelo. Y, en ese momento, lo oye, LA OYE. “¡Claret!, ¡Clareeeeeeeet!” la imagen de esa zorra vuelve a los cristales, ahora hasta escucha sus gritos mientras ve culebrear su cuerpo en los cristales rotos. Acabará con todo. Claret coge los pedazos de espejo con las manos desnudas. El acero bruñido le hace cortes, su sangre se multiplica y se hace eterna. Lanza los pedazos de espejo ensangrentados por la ventana.
El cesar de los gritos se llevó la culpa.
Cuando se encontró aquel cadáver de mujer tendido en mitad de la calle nadie supo explicar de dónde habían salido los espejos que se habían clavado en sus carnes.
-Ludivine y el Loco de la Ventana- (2006)

Dicen las malas lenguas del lugar que la casa de la colina siempre estuvo allí. Antes de que el más anciano de los hombres de la ciudad naciera, incluso antes de que se construyera el Gran Teatro en la Plaza Mayor y se encauzaran las acequias hacia los nuevos regadíos, ella ya se erguía ahí, con sus enrejados y sus gatos, docenas de gatos maullando a su alrededor. Saltaban del tejado al único árbol del jardín como si fueran palomas. Se sentaban en la veleta impidiendo que ésta girara al son del viento y se repantigaban en las cañerías. Había tal cantidad de dichos animales que parecía imposible que nadie pudiera habitar semejante lugar. Pero al igual que la casa siempre estuvo allí, también hubo siempre alguien en su interior. Alguien a quien las gentes de la ciudad no se atrevían a visitar, a quien los niños temían más que al hombre del saco.Ese alguien misterioso que habitaba la casa era conocido como El Loco de la Ventana. Sólo se dejaba ver de noche, en su ventana, con la cabeza apoyada sobre el cristal y los brazos estirados, con el gesto desgarrado como si estuviera loco, mientras los gatos maullaban a la luna y saltaban acompañando la locura de su protector.
* * *
En el escenario se movía pisando margaritas. Podías verla girar y girar sobre sus talones sin cansarte, sin pestañear siquiera. El teatro entero se volvía cristal cuando aparecía, cada gesto era frágil y quebradizo. Cada movimiento derruía el anterior y construía el siguiente. Un tosido en el patio de butacas parecía bastar para hacerla caer. Si la belleza tuviera que personificarse, tener rostro, labios o piernas, nunca serían las de Ludivine; pero si la belleza tuviera que plasmarse en movimiento no se movería como la brisa marina ni las hojas de los árboles, la belleza se movería como Ludi, con la precisión de sus pasos de copa de filo roto. La pulcritud de sus pasos rallaba en la ciencia más exacta. Saltos matemáticos y giros físicos. Vuelos acelerados. La atracción gravitatoria vencida por las revoluciones del tutú. Los ojos llenos de maquillaje, lágrimas y destellos.
Era tan maravillosa que todos querían chuparle las piernas. No se lo decían, por supuesto que no, el fingimiento y disimulo camuflan bien la lascivia. Los hombres más importantes de cada ciudad -políticos, empresarios, grandes constructores, etcétera, etcétera-, solían ser invitados a cenar o a tomar algo con el personal de la Compañía de Danza después de las funciones. Dos copas de champagne bastaban para que los más venerables se despojaran de todo protocolo y ritual de cortejo. Sucumbiendo a sus más bajos instintos se arrodillaban ante la bailarina, salpicándola de alcohol mientras le suplicaban amor o, al menos, se insinuaban como compañía para la noche. Desde esa perspectiva, con la corbata desencajada, pañuelo de seda arrugado y compostura perdida, les era imposible ver más allá de sus muslos. El mundo comenzaba en sus tobillos para perderse en los confines de sus carnes, donde el lino del vestido se confundía con la piel dulce de leche de Ludi. Las rodillas eran el punto álgido, la perdición hecha carne de todo hombre que estuviera en sus cabales. Amor, regalos, halagos, diamantes, amantes... todo le era propuesto desde el suelo. Ludi miraba, simplemente. Nunca prestaba la más mínima atención a todas esas promesas llenas de incoherencias y amor infinito que graznaban los honorables borrachos postrados ante ella. La máxima dedicación que les entregaba era la de conseguir que el director de la compañía se las arreglara para despegarlos de ella.
Todos se preguntaban por qué nunca subía a ninguno de estos hombres a su habitación. Hasta el director de la compañía le había dicho que no importaba si alguna vez tenía un desliz con alguno de aquellos que le prometían sueños dorados. Nadie entendía que no pudiera pensar en hombres, esa castidad en camisón de seda resultaba incomprensible.
Su público, sus compañeros, el director, incluso su misma carrera de bailarina, le pedían que se comportara tal y como se espera de una artista de tal calibre. Hay una imagen, una pose que mantener. Por ese motivo, en lugar de dedicarse a amantes y amoríos, Ludi sufre. Sufre de acuerdo con su nivel de artista, mucho, puede que demasiado. Sufre porque así es como ha de ser, porque así le gusta al respetable público imaginársela después de las actuaciones. Sola en su camerino, lavando las zapatillas rosas en whiskey. Sufre porque vende, se lo ha dicho su agente. En las entrevistas pone cara de maníaca depresiva y suelta algunas lagrimitas, firma autógrafos con tristeza y desgana.
Nadie sabe que Ludi tiene un amante. Aunque lo supieran, nadie querría saberlo. Está loco. El Loco de la Ventana, el de la casa de los gatos. Él sólo puede ofrecerle maullidos y gatos bajo la luna.
Años atrás Ludi se saltaba clases a su antojo de bailarina caprichosa. Desaparecía una hora, dos, o incluso toda la mañana, para divagar por ahí en busca de algo más provechoso y menos aburrido que el colegio. La pequeña Ludi se escapaba de la escuela por la verja de atrás. Saltaba elásticamente y se escabullía por las calles antes de que nadie pudiera verla. Al principio todo eran enfados y castigos en casa al enterarse de sus fugas escolares. Semanas sin salir, sin postre, sin televisión y sin muñecas, hasta llegaron a prohibirle ir a clases de danza si persistía en su actitud.
¿Qué le importaba a ella el colegio? Cuando asistía a clase no hablaba ni sonreía demasiado, estudiaba aún menos. La habían convencido de que la danza era su vida, así que a ello se dedicaba en cuerpo, alma y tobillos. Practicaba pasos de baile bajo la mesa en clase literatura, las lecciones de matemáticas las gastaba en recordar el número exacto de movimientos que debía hacer en su siguiente muestra. Sabía que su camino no podía estar echo de libros ni calculadoras, sino de baldosas amarillas que ella debería recorrer con limpieza en cada paso.
Tenía algo que muy pocos tienen: futuro, trabajaba duro para asegurárselo. Entrenamientos tres días a la semana con las demás chicas del club de baile, las cuales la admiraban y envidiaban si relacionarse demasiado con ella. Dos días más iba clases de refuerzo y complemento a su educación de prodigio. Su profesora y entrenadora personal se encargada de que realizase cada uno de sus ejercicios y de que entrenara mucho más duro de lo que ninguna de sus alumnas lo había hecho antes. Ludivine logró cosas a las cuales la técnica de su maestra no llegaba, movimientos que la pobre mujer, que una vez también soñó con ser bailarina, no podía plasmar con sus piernas y tenía que limitarse a imaginar y transmitir la idea a su discípula.
A los catorce años, con la perla ya en el instituto y el apoyo incondicional de su profesora de baile, sus padres, convencidos de que su niña era un prodigio de la danza y de que nada serviría empeñarse en que se dedicara a actividades intelectuales tales como la historia o las matemáticas, dejaron de atormentarla. Llegaron a tomar sus paseos en hora escolar como una forma en que la pequeña se liberaba de las tensiones que podían producirle tantas horas de entrenamiento al día. Además, teniendo en cuenta que sus salidas eran siempre diurnas, ¿qué mal podían hacerle?
Así, Ludi fue haciendo suyas las calles de la ciudad. Vagaba, danzaba y observaba el ir y venir de las personas que encontraba en su camino: las ancianitas, los niños de la guardería, los vagabundos recostados en los callejones... Sus paseos constaban de dos partes: durante la primera paseaba, observaba y apuntaba mentalmente aquellos movimientos que merecían su atención. En la segunda buscaba un lugar tranquilo y se dedicaba a imitar lo que había recopilado, o simplemente ensayaba cualquier cosa de ballet clásico que se le resistiera. En busca de dichos lugares tranquilos, sus pasitos de muñeca se adentraron en los barrios bajos, donde las prostitutas barrían los portales y los últimos borrachos intentaban ponerse en pie sobre vómitos resecos. Esos arrabales donde una princesita como ella nunca debería haber puesto la zapatilla, donde puede aprenderse todo lo que no enseñan en la escuela. Y, ante todo, los lugares que circundaban la colina.
Pronto encontró un lugar solitario donde podía ensayar sin ser molestada, justo al pie de la colina. Podía hacer mil giros y piruetas sin temor a ser molestada porque nunca nadie pasaba por allí. Aquel lugar era mejor que ningún otro de los que hubiera podido encontrar, una pequeña arboleda con no más de media docena de pinos resecos, llena de basura y desperdicios que el viento arrastraba. También había un viejo merendero, prueba de lo que había sido un intento de convertir el lugar en parque municipal. Un poco más allá, colina arriba, todo eran matorrales secos y malas hierbas. En la cima, coronándola, la casa, con un único árbol en su jardín lleno de mininos.
La chica danzaba y pirueteaba de aquí para allá, hacía volteretas sobre el viejo merendero y equilibrios sobre los pedruscos. Imaginaba lagos de los cisnes donde Sigfrido era uno de los árboles y los demás cisnes los arbustos. Correteaba como calentamiento y canturreaba para no escuchar de fondo el horrible murmullo de la ciudad.
Un día, Ludi subió la colina. Ni ella misma sabría decir por qué lo hizo. Llegó hasta el porche de los gatos y uno de los animales comenzó a frotarse contra sus piernas. Jugueteó con el gato, corría tras él y lo acariciaba al darle alcance. Lo estaba acunando entre sus brazos cuando se dio cuenta de que alguien la observaba desde la ventana. Vio sólo un ojo que desapareció antes de que pudiera echarle un segundo vistazo. En sólo unos instantes había podido darse cuenta de que no era un ojo normal, sino un ojo desesperado y gatuno. Un ojo que sólo podía pertenecer a una persona, a aquel al que los viejos llamaban El Loco de la Ventana. El gato saltó de sus brazos y entró a la casa por una de esas puertas para mascotas. Ludi no tenía miedo porque las estrellas como ella no pueden tenerlo. Se acercó a la puerta. Apoyó la cabeza sobre ella, intentando escuchar qué sucedía dentro. Sólo silencio. Cerró los ojos. Apenas notó cómo la puerta se iba abriendo sigilosamente, dejó su cuerpo ir mientras se abría. No pudo chillar de terror cuando El Loco de la Ventana la miró y ella cayó en sus brazos.
El Loco de la Ventana resultó no ser tan loco ni tan peligroso como los demás le habían pintado. Bueno, quizá sí peligroso. Pero el peligro residía en querer quedarse allí para siempre, colgada de sus movimientos felinos, en no querer salir de su boca ni de sus brazos, en amarlo desde el primer momento sin explicación racional posible. El Loco de la Ventana enseñó a Ludivine algo muy importante para el arte, la enseñó a amar y ser amada. Los asombrados ojos de los gatos observaban a la feliz pareja.
Se amaron desde el principio y sin interrupciones. Comenzaron a los 15 años de ella y los misteriosos 17 de él. Ludivine nunca le preguntó nada de su vida ni le pidió que le revelara la verdad de la leyenda. Aceptó el misterio y comenzó a ser parte de él.
Ella iba a verlo cada mañana. Se marchaba del instituto al comienzo de la segunda hora y llegaba a la colina hacia las diez, él solía estar aún dormido. La bailarina lo despertaba con dulzura y música. Desayunaban cruasanes recién horneados y escuchaban discos en el viejo gramófono. Hablaban de los gatos y de sus clases de baile. Bailaba para él y reían. Él tocaba la trompeta para ella y reían. Se amaban y reían. Hacia eso de las doce Ludi regresaba a clase, daba francés y literatura con su cabecita de enamorada pensando todavía en la colina.
Crecieron sin dejar de verse. El lugar no cambió, siempre en la colina. Los horarios sí que fueron variando. Tuvieron que adaptarse a las clases de conservatorio cuando la bailarina acabó el instituto; a los infinitos ensayos al ingresar en la Compañía de Danza y, por último, a las giras, que dejaban las oportunidades de verse reducidas a los pocos días que la Compañía pasaba en la ciudad cada cuatro o cinco meses.
Giras y giras alrededor del país, del mundo. París, Londres, Nueva York, Sydney... para acabar otra vez allí, en su teatro, en su ciudad. La ciudad de la danza por excelencia. La única con aplausos infinitos a las danzarinas, con lleno hasta la bandera los días que había espectáculo de baile en el Gran Teatro. Aplausos, risas, dinero y sonrisas. Amor a la música y a la danza. La ciudad donde había nacido, crecido y formado como bailarina. La única ciudad donde a ella le brillaban los ojos. La única con una colina, una casita en la cima y un loco dentro, esperándola.
Cada noche en la ciudad Ludi se escapaba su hotel cinco estrellas sin que nadie se percatara. Susurrando con sus pasos volvía a vestirse después de haberse puesto el camión y haberle dado las buenas noches a todo el personal que rodeaba cada uno de sus viajes en gira. No pedía ningún taxi ni hacía el mínimo gesto que los recepcionistas pudieran reconocer como suyo. Se camuflaba en faldas atrevidas, abrigos seductores, maquillaje excesivo, fulares y abalorios, de modo que la identificaran como una de tantas amiguitas caras que muchos clientes solían llevar al hotel. Era fácil ser vista sin ser reconocida.
A la mañana siguiente, una vez en el hotel, hacía uso de su mejor arma de desesperación y disimulo. Sacaba la botella de ginebra que siempre llevaba en la maleta, un frasco grande similar al de channel nº 5. Se untaba los dedos y se embadurnaba el cuello frente al espejo.
“¿Dónde estuviste?, ¿dónde?” “Aquí, en ningún sitio.” Preguntas repetitivas y respuestas sin tampoco demasiada diferencia. Olor a ginebra alrededor de su cuello y manchas salpicándole el camisón. La lindeza ponía cara de víctima o de desesperada, según se presentase. A veces incluso de víctima desesperada que es, con mucho, lo que más vende. Pero ella no bebía ni una sola gota, usaba la ginebra como perfume, como anzuelo de tristezas. Las marcas de la noche no dormida hacían las veces de resaca y simulaba restos de lágrimas.
Con esto conseguía tranquilizar la mente atrofiada del director, que tenía por lema un absurdo “sin tristeza no hay arte”. La dejaban descansar toda la mañana mientras el resto de la compañía visitaba tal o cual exposición, daban conferencias en la Escuela de Danza o participaban en cualquier otro acto cultural que les facilitara las subvenciones. Habiendo dejado a la estrella en cama se aseguraban, de paso, las jugosas murmuraciones de la prensa, que inventaba mil y una historias de sexo y droga con ella como protagonista.
Qué sarta de mentiras en sus manos, en su boca, en sus pasos y tutúes de depresiones ficticias. Qué tristeza más mal llevada y qué felicidad tan bien disimulada.
Las escapadas nocturnas de Ludi sólo tenían cabida allí, por supuesto. En el resto de lugares se limitaba a llevar a cabo el ritual mañanero de la resaca fingida para que nadie pudiera sospechar lo más mínimo.
Al paso que Ludivine atravesaba la ciudad con pintas de damisela cara le salían no pocos clientes. Los esquivaba burlona y astuta, dando a entender que alguien ya había pagado su astronómico precio. Él la esperaba oculto entre los matorrales del viejo merendero, gracias a su vista casi felina subían la colina cogidos de la mano. Una vez allí, mientras ella se desmaquillaba y cambiaba el aspecto de fulana por el de la clara Ludi, él se apoyaba contra el cristal y desencajaba el gesto para el deleite de algún que otro viejo insomne que seguía creyendo en la leyenda y no se decidía a descansar hasta que se había realizado el ritual. Las tradiciones merecen ser conservadas. Tras esto, corría las cortinas, nadie haría de saber nunca que en la casa del Loco fulguraba una estrella.
Tan sólo una vez El Loco de la Ventana consistió en abandonar su nido. Ludivine jamás le había instado a que saliese, ella no pedía más de lo que ya le daba. Fue él mismo el que, cuando la muchacha le contó emocionada que iba a actuar por vez primera en el Gran Teatro con la Compañía de Danza, le pidió que lo arreglara todo para poder ir a verla. No sin esmero ni nervios se dedicaron ambos a la preparación de dicha escapada. Debía parecer un muchacho normal, ni siquiera un entusiasta de la danza ni un entendido del mundillo del arte, simplemente un estudiante al que alguien había dado una invitación para el espectáculo y había acabado allí casi por casualidad. Por nada del mundo tenían que relacionarlos y, ni mucho menos, reconocerlo. No era demasiado el riesgo, ya que jamás habían sido vistos juntos ni él había sido atisbado nunca a una distancia desde la que pudiera reconocérsele.
Ludivine se encargó de conseguirle traje y corbata nuevos. Un traje en beige impecable y corbata salmón sustituyeron el tradicional atuendo de cortabas raídas y camisas llenas de pelos de gato que caracterizaban al Loco de la Ventana. Ludi no tuvo más remedio que echarse a reír al verlo así vestido. Sabía que nunca podría amar a alguien que vistiera siempre con tanto decoro. Lo besó y juntos se las apañaron para arrugar la camisa.
La aventura en el exterior fue bien. Nadie le prestó atención y pudo deleitarse de las piruetas de su amada sin levantar sospechas. Se le saltaron las lágrimas al verla tan bella y volátil. Una vez, tan sólo una vez, ella lo miró desde el escenario.
Después de aquello intentó amarla más si cabía. Quería demostrarle que su amor podía ser aún mayor que el que ella hacía sentir al respetable mientras estaba en escena.
Sus encuentros no volvieron a abandonar la colina ni los maullidos de los gatos. Las escenas de sus noches allí siempre eran parecidas: bailaban e indagaban sobre sus propios cuerpos. Ya de madrugada, el preparaba suculentas cenas con las escasas frutas y verduras que obtenía de su pobre huerto y la sutil ayuda de los condimentos y especias que Ludivine le traía de cada uno de sus viajes. Engullían los manjares a oscuras, en el porche. Rodeados de ojos de gato, de estrellas y las luces de toda una ciudad rendidas a sus pies.
El final fue simple: un día llegó y El Loco de la Ventana no estaba esperándola. El gramófono no sonaba ni los gatos maullaban. De hecho , sólo uno de los mininos estaba allí. De la casi veintena que rondaban por la casa sólo uno remoloneaba y gemía, escuálido y hambriento, sin fuerzas para haber huido a dónde quiera que hubieran ido las demás.
Entró en la casa. El esquelético gatito blanco se arrastraba pegándose a sus pies. El gramófono parado. Corbatas y vinilos por el suelo. Ni rastro de él en el salón, tampoco en la cocina ni en el baño. Tomó al gato en sus brazos antes de entrar en la habitación. Empujó la puerta mientras se aferraba al lomo del animal. Tampoco estaba. El Loco de la Ventana había desaparecido. No lo encontró dentro del horno ni en el frigorífico. No salía en ninguno de los setenta y siete canales del televisor. No apareció entre los pañuelos blancos ni debajo del sofá.
Esperar, esa era la esperanza. Esperar allí, buscando algo con que alimentar al gato mientras se convencía de que un poco de tiempo bastaría para que regresara. Ni las agujas del reloj ni el whiskey lo hicieron aparecer. El gato comió algo que encontró en una lata y que no resultaba fácilmente definible. Comenzó a maullar. Sobresalió la luna por el tejado. Las piernas de Ludi se deshicieron de la falda de tablas y se echó a llorar en el sofá. Su cuerpo se retorcía entre hipo y maullidos de gato. Amanecía, ni él ni los gatos habían regresado. Se apoyó en la ventana con los brazos estirados. Estampó la cabeza contra el cristal y desencajó el rostro de dolor, como si estuviera loca.
El resto de los gatos regresaron con el siguiente atardecer.

-O te vas tú o se va el gato (II parte de Los gatos y yo)- (2006)
Si Manchuria no hubiera sido un gato podría haber sido cualquier otra cosa. Su maullido hace que me estremezca, le acaricio el lomo para que se calle. Mientras, ella cuca los ojos y estira el hocico como muestra de placer. Da gusto verla cazando ratoncillos y pisoteando cucarachas. "Crac´" hacen los artrópodos bajo sus patitas.
Dijo que no me quería y se largó. Se plantó con sus maletas en la puerta, soltó que se marchaba y que ya no me amaba. La noche antes habíamos hecho el amor en el mismo sillón desde el que yo escuchaba ahora sus palabras, todo igualito a las películas y las canciones tristes. Manchuria se había meado en su ropa a la hora del desayuno y podía olerse el tufo de orina de gato saliendo de su maleta. Lanzó una última mirada de odio retestinado al gato y cerró la puerta sin acercase a darme un abrazo de despedida y condolencia.
No la miré ni intenté detenerla. No se me ocurrió pensar en lo desgraciado que volvía a ser, así que no sentí la necesidad de salir corriendo tras ella. Es verdad que era guapa y que tenía unas piernas felinas que daba gusto lamer por las noches, pero igual de ciertas eran esas ganas de vomitarle encima que me entraban al despertar y verla durmiendo junto a mí, babeando sobre la almohada. Así que, ¿amor? No, de eso estaba seguro que no había. Pobre desdichada si alguna vez ella me amó. Mejor que se hubiera ido antes de que yo hubiera tenido que echarla, para un caballero siempre resulta desagradable humillar a una dama. Que ellas te dejen por los suelos es algo distinto, puedes masticar el dolor y escupírselo a la cara sin que se den cuenta.
Normalmente suelen descomponerse en odio y palabrerías, deformando sus labios de tiramisú en insultos y gestos que no son propios de tales señoritas. Los numeritos finales son una de esas extrañas y patéticas capacidades que han desarrollado las mujeres a lo largo de la historia, una asombrosa cualidad que nunca llegaré a comprender. Ésta se saltó la regla, comportándose como una dama desde su llegada a su partida. Aguantó la crispación de que Manchuria le meara la ropa con la galantería propia de un soldado. Soltó la parrafada habitual del “ya no te amo” sin ningún sentimentalismo. Ni rastro de la mujer que la noche antes se desgañitaba en mis brazos. Estoy convencido de que habría aguantado que le escupiera a la cara sin agachar la cabeza. Se marchó y todo volvió a quedar en silencio. Sin sus taconeos ni su perfume, sin Manchuria gimiendo al encontrar un hedor extraño en la casa.
Por mi parte, me decanto por el victimismo y aparto el resentimiento, sé que ellas prefieren los corderos a los lobos. Cuántas más puedo llevarme a la cama después de estas rupturas no traumáticas. Intento solventar la depresión ficticia con copas de bourbon y tabaco. Siempre en el mismo bar, en el mismo taburete y con los mismos ojos lánguidos de corderito. Cómo seduce la tristeza a esas condenadas. Ellas también llevan la infelicidad cosida a la sombra, lo que ocurre es que sus taconcitos les impiden acercarse demasiado. Qué jodidamente bien ocultan la tristeza con barra de labios.
Bebemos, se enamoran y se quedan. Juran salvarme y darme amor. Yo sólo
les pido sexo y ofrezco palabras seductoras a mis desgraciadas musas. Limpian la casa y cambian las cortinas Ganadas las confianzas, el gato comienza a remolonear a su alrededor. Les ronronea en la oreja y se entromete cuando las estoy besando. Deja pelos en sus bragas y marca el territorio sobre sus cosméticos en la lejita del baño. Es entonces cuando mis queridas damas sueltan su cita favorita: “ O me voy yo o se va el gato”.
No señoras mías, no. Manchuria no se mueve de aquí. Ella llegó antes que ninguna de vosotras. Dejó sus pelos sobre mi cama antes de que apareciera la sombra de los vuestros, lamió mis tobillos antes de que a ninguna se os ocurriera esa fantasía. Se dejó acariciar con paciencia y maullidos sin necesidad de cambiar las cortinas. Jamás pidió más comida de la que había en su plato. Así que Manchuria se queda, madames.
Al lado de la ventana a la que cambiasteis las cortinas está la puerta. Tened
cuidado al salir, no volquéis el cuenco de agua de Manchuria que está junto a la entrada.
Bon voyage, os echaremos de menos.
Miau.
Dijo que no me quería y se largó. Se plantó con sus maletas en la puerta, soltó que se marchaba y que ya no me amaba. La noche antes habíamos hecho el amor en el mismo sillón desde el que yo escuchaba ahora sus palabras, todo igualito a las películas y las canciones tristes. Manchuria se había meado en su ropa a la hora del desayuno y podía olerse el tufo de orina de gato saliendo de su maleta. Lanzó una última mirada de odio retestinado al gato y cerró la puerta sin acercase a darme un abrazo de despedida y condolencia.
No la miré ni intenté detenerla. No se me ocurrió pensar en lo desgraciado que volvía a ser, así que no sentí la necesidad de salir corriendo tras ella. Es verdad que era guapa y que tenía unas piernas felinas que daba gusto lamer por las noches, pero igual de ciertas eran esas ganas de vomitarle encima que me entraban al despertar y verla durmiendo junto a mí, babeando sobre la almohada. Así que, ¿amor? No, de eso estaba seguro que no había. Pobre desdichada si alguna vez ella me amó. Mejor que se hubiera ido antes de que yo hubiera tenido que echarla, para un caballero siempre resulta desagradable humillar a una dama. Que ellas te dejen por los suelos es algo distinto, puedes masticar el dolor y escupírselo a la cara sin que se den cuenta.
Normalmente suelen descomponerse en odio y palabrerías, deformando sus labios de tiramisú en insultos y gestos que no son propios de tales señoritas. Los numeritos finales son una de esas extrañas y patéticas capacidades que han desarrollado las mujeres a lo largo de la historia, una asombrosa cualidad que nunca llegaré a comprender. Ésta se saltó la regla, comportándose como una dama desde su llegada a su partida. Aguantó la crispación de que Manchuria le meara la ropa con la galantería propia de un soldado. Soltó la parrafada habitual del “ya no te amo” sin ningún sentimentalismo. Ni rastro de la mujer que la noche antes se desgañitaba en mis brazos. Estoy convencido de que habría aguantado que le escupiera a la cara sin agachar la cabeza. Se marchó y todo volvió a quedar en silencio. Sin sus taconeos ni su perfume, sin Manchuria gimiendo al encontrar un hedor extraño en la casa.
Por mi parte, me decanto por el victimismo y aparto el resentimiento, sé que ellas prefieren los corderos a los lobos. Cuántas más puedo llevarme a la cama después de estas rupturas no traumáticas. Intento solventar la depresión ficticia con copas de bourbon y tabaco. Siempre en el mismo bar, en el mismo taburete y con los mismos ojos lánguidos de corderito. Cómo seduce la tristeza a esas condenadas. Ellas también llevan la infelicidad cosida a la sombra, lo que ocurre es que sus taconcitos les impiden acercarse demasiado. Qué jodidamente bien ocultan la tristeza con barra de labios.
Bebemos, se enamoran y se quedan. Juran salvarme y darme amor. Yo sólo
les pido sexo y ofrezco palabras seductoras a mis desgraciadas musas. Limpian la casa y cambian las cortinas Ganadas las confianzas, el gato comienza a remolonear a su alrededor. Les ronronea en la oreja y se entromete cuando las estoy besando. Deja pelos en sus bragas y marca el territorio sobre sus cosméticos en la lejita del baño. Es entonces cuando mis queridas damas sueltan su cita favorita: “ O me voy yo o se va el gato”.
No señoras mías, no. Manchuria no se mueve de aquí. Ella llegó antes que ninguna de vosotras. Dejó sus pelos sobre mi cama antes de que apareciera la sombra de los vuestros, lamió mis tobillos antes de que a ninguna se os ocurriera esa fantasía. Se dejó acariciar con paciencia y maullidos sin necesidad de cambiar las cortinas. Jamás pidió más comida de la que había en su plato. Así que Manchuria se queda, madames.
Al lado de la ventana a la que cambiasteis las cortinas está la puerta. Tened
cuidado al salir, no volquéis el cuenco de agua de Manchuria que está junto a la entrada.
Bon voyage, os echaremos de menos.
Miau.
-Los gatos y yo- (2006)
Tenemos cosas en común –yo y los gatos, digo-, como no querer ir a dormir temprano y pasar la mayor parte de la noche maullando (ellos), gimiendo (yo). ¡Ah! Esa maldita trompeta desafinada vuelve a sonar. Me escuecen los oídos cada vez que la oigo, tanto que tengo que ahogar el chirrido en whisky, medio borracho pierdo la capacidad de escucha. Ese capullo se pasa toda la noche tocando la maldita trompeta, descuartizando algo que él llama “música”. Todo porque a Magdalena, la muchacha del quinto, dice que le encanta oírlo mientras se pone el camisón y la alcanza el sueño. No tiene el oído muy refinado la pobre, por su culpa nos tenemos que tragar cada noche al tipo ese con la trompetita, superponiéndose sus quejidos instrumentales a mis gemidos, escuchando de fondo a los gatos que maúllan por la tortura. Se lo perdono –a la chiquilla, digo-, porque en verdad si que está bonita con el vestido rosa. Condenadamente bonita, sus piernas asomando bajo el visillo y la gasa, con su boquita de alelí pidiéndole a ese capullo que toque cuando ella se vaya a la cama, está condenadamente enamorada. La pobre no fue nunca demasiado espabilada, el amor la atonta más si cabe, haciéndola suspirar cuando baja las escaleras para hacer algún mandado, con su siempre boquita entreabierta y un hilillo –fino, transparente, casi invisible- de baba cayendo desde su labio inferior. Eso sí, tremendamente hermosa con el canesú nuevo, con esos labios de “muérdeme-aquí...”, tan hermosa que...
Qué importará eso ahora. Los amores de la cría del quinto, a mí un tipo serio, distinguido, respetable; cuyo único quehacer es llenar una hoja de palabras y presentarla al día siguiente para que le digan “buen trabajo”, y le den palmaditas en la espalda como si fuera un chucho bueno que ha aprendido a no cagarse dentro de la casa.
“Voluptuoso, estremecedor, absorbente”, dicen mis amantes cuando también para ellas escribo alguna hoja con un soneto o un poema, malas copias de Bécquer y Aleixandre, sólo que ellas no lo saben. “Arrogante, perverso, putrefacto”, cuando descubren una prueba evidente de la anterior presencia de otra fémina sobre mi cama; cuando no les envío flores ni bombones para su cumpleaños, incluso si olvido la fecha del día en que nos conocimos.
“Caput, estáis muerto”, dijo la última de ellas antes de abandonar definitivamente el cuarto. Se llevó entre los dientes el último de mis poemas. Me enteré de que ahora es poetisa y se presenta envuelta en abrigos de pieles en el teatro y fiestas donde sirven ponche y roquefort. Verdad que todos los escribió ella, sofisticados y sensibles, profilácticos y adaptados a sus nuevas circunstancias de clase alta a la que se ha adherido –ya no tiene que meterse en las sábanas roídas de nadie para que la llamen princesa-. Nunca confesará que la mitad de todo eso lo aprendió entre mis sábanas. Enséñales poesía para que la succionen, la absorben, adapten y roben. Todo por que el primero, ese que con que se inicia su hermoso libro encuadernado en bermellón, era mío, la muy zorra.
A todo le mundo le gusta tu libro, su título impreso en oro, fantástico maravilloso, pero el primero... el primero los desgarra y los remueve, preparándoles para no atragantarse y que los demás, tan puros ellos, sepan también a gloria. Seguro que se sonroja cuando algún tipo le dice lo mucho que le ha gustado el libro, pero que hay algo en el primero que de veras le remueve el corazón. Podía haber ido a parasitar a otro, ¿no hay suficiente escritor amargado en esta ciudad, madame? Pero ella ya salió de toda esta mierda, ahora es una intelectualilla dada a la retórica barata,
En este momento mi mayor problema consiste en que los folios se han ido vaciando al mismo ritmo que se iba llenando el vaso de whisky, a la vez que se multiplicaban las botellas apiladas en la puerta. Al tiempo se vaciaba la cama, hojas blancas y las vomitivas sábanas limpias con olor a detergente. Ya no soy el chucho que cagaba en su sitio. Ahora, repugnante y atrofiado, dedico mi tiempo a sentarme aquí, junto a la ventana, con el pretexto y la mentira de pretender escribir algo, cuando sé que lo único que haré será gastar la noche en disolver mi alma en whisky, oír al capullo de la trompeta y pensar en lo guapa que está mi vecinita en vestido rosa.
Ni siquiera queda nadie para quitarme los piojos.
Qué importará eso ahora. Los amores de la cría del quinto, a mí un tipo serio, distinguido, respetable; cuyo único quehacer es llenar una hoja de palabras y presentarla al día siguiente para que le digan “buen trabajo”, y le den palmaditas en la espalda como si fuera un chucho bueno que ha aprendido a no cagarse dentro de la casa.
“Voluptuoso, estremecedor, absorbente”, dicen mis amantes cuando también para ellas escribo alguna hoja con un soneto o un poema, malas copias de Bécquer y Aleixandre, sólo que ellas no lo saben. “Arrogante, perverso, putrefacto”, cuando descubren una prueba evidente de la anterior presencia de otra fémina sobre mi cama; cuando no les envío flores ni bombones para su cumpleaños, incluso si olvido la fecha del día en que nos conocimos.
“Caput, estáis muerto”, dijo la última de ellas antes de abandonar definitivamente el cuarto. Se llevó entre los dientes el último de mis poemas. Me enteré de que ahora es poetisa y se presenta envuelta en abrigos de pieles en el teatro y fiestas donde sirven ponche y roquefort. Verdad que todos los escribió ella, sofisticados y sensibles, profilácticos y adaptados a sus nuevas circunstancias de clase alta a la que se ha adherido –ya no tiene que meterse en las sábanas roídas de nadie para que la llamen princesa-. Nunca confesará que la mitad de todo eso lo aprendió entre mis sábanas. Enséñales poesía para que la succionen, la absorben, adapten y roben. Todo por que el primero, ese que con que se inicia su hermoso libro encuadernado en bermellón, era mío, la muy zorra.
A todo le mundo le gusta tu libro, su título impreso en oro, fantástico maravilloso, pero el primero... el primero los desgarra y los remueve, preparándoles para no atragantarse y que los demás, tan puros ellos, sepan también a gloria. Seguro que se sonroja cuando algún tipo le dice lo mucho que le ha gustado el libro, pero que hay algo en el primero que de veras le remueve el corazón. Podía haber ido a parasitar a otro, ¿no hay suficiente escritor amargado en esta ciudad, madame? Pero ella ya salió de toda esta mierda, ahora es una intelectualilla dada a la retórica barata,
En este momento mi mayor problema consiste en que los folios se han ido vaciando al mismo ritmo que se iba llenando el vaso de whisky, a la vez que se multiplicaban las botellas apiladas en la puerta. Al tiempo se vaciaba la cama, hojas blancas y las vomitivas sábanas limpias con olor a detergente. Ya no soy el chucho que cagaba en su sitio. Ahora, repugnante y atrofiado, dedico mi tiempo a sentarme aquí, junto a la ventana, con el pretexto y la mentira de pretender escribir algo, cuando sé que lo único que haré será gastar la noche en disolver mi alma en whisky, oír al capullo de la trompeta y pensar en lo guapa que está mi vecinita en vestido rosa.
Ni siquiera queda nadie para quitarme los piojos.
-Berlín- (2006)
A qué pirado se le ocurre salir con una tía que estudia filología germánica. Ich
liebe Dich. Te quiero. Al día siguiente te llega con sonrisa de chica pre-erasmus diciéndote que se va a Berlín. Le jurarás amor en todos los idiomas antes de que se vaya. Se te llena la cabeza de muros, esvásticas y chicas erasmus con sonrisas demasiado grandes. Era Nicol para mí, tal y como le decían sus vecinitas y sus compañeras en el colegio de monjas al que iba de niña. Nicol para sus primeros novios adolescentes y Nicol para mí. Era Nicolasa en DNI y partida de bautismo. Nicol sólo era el eufemismo con el que ocultar un nombre que no le gusta a nadie.
Ayer, casi a la hora de comer, me llamó para contarme entre carcajadas que nosequé compañero de clase la llamaba Nico, como la cantante de la Velvet. La eufemista Nicol riéndose por teléfono. Me llama Nico, ¿sabes? Nico, como la cantante de la Velvet. Yo le dije que me llamaba Nicol y el dijo: ¡Oh! Nico, como la cantante de la Velvet.... Podía sentir sus labios estirándose al hablar, cuarteando su pintalabios... Yo sonreía forzadamente, como si temiera que ella pudiera sentir que no me hacía ni pizca de gracia lo que me estaba contando.
Le he dicho que la quería. Se ha quedado callada. Sé que le cuesta creerme con tantos cables por en medio. Ha sido una estupidez por mi parte, no sé qué sentido tenía hacerlo precisamente ahora y por teléfono. Se ha quedado callada durante dos segundos. Callada en su querido Berlín, en su lleno de ruidos Berlín. Sí, sí que tenía sentido decírselo. Sé que mis palabras han borrado su sonrisa durante unos instantes. Sé que ha torcido la boca con ese gesto suyo que la hace parecer tan fea cuando está enfadada o sorprendida, ese gesto al que ningún tío se acercaría por pura repugnancia. Que pague, que pague por sus risas y sus palabras. Que se trague su sentimiento de “¡Oh!, ¡qué maravilloso es todo!”, al darse cuenta de que yo estoy aquí, sin ella. Que se sienta culpable por haberme abandonado mientras ella se regodea con sus amiguitos erasmus y los besa con los dedos cruzados para no serme infiel. Tras los segundos de silencio, su risita forzada a cruzado la línea. Yo también. Palabras fáciles para mentiras fáciles.
Después de colgar me he sentido mejor, con la seguridad de haber dejado clavadas mis palabras en su corazoncito. Ahí quedaría mi “Te quiero”, sangrante y afilado. No sé bien si es verdad, me refiero a lo del “Te quiero”. Es fácil querer a cualquiera el mundo cuando está lejos. Es fácil querer a Nicol-asa estando aquí, Navidad en la casa familiar, mirando las manchas de humedad que se han formado en el techo de mi antigua habitación. Es fácil, incluso tentador, echarla de menos y añorarla sabiendo que está en Berlín y yo aquí comiendo polvorones. Esta casa da escalofríos. Mi padre haciendo agujeros con el taladro y una vieja foto de Nicol con falda escocesa en uno de mis cajones. No recordaba que estuviera allí. No recordaba que ella hubiera tenido nunca una falda escocesa. No recordaba que fuera tan guapa. En realidad ni siquiera sabía cuándo ni dónde habíamos hecho esa foto. Una guía turística de Alemania en la biblioteca de mi padre. Berlín... Muros, esvásticas y chicas con minifalda escocesa.
Cuando llegué a Berlín ella ya no era Nicol, sino Nico. No era morena, ni pelirroja, ni tampoco ninguno de los colores que había sido antes de esos. Era rubia platino y le había dado por pintarse pequitas en las mejillas con un perfilador de labios marrón. Supongo que a los tíos de por allí debía parecerles adorable, pero a mí nunca me había parecido tan estúpida como cuando la vi con su pelo recién teñido y las pecas postizas. Él no se apartó de nosotros en ningún momento. Ahí estaba esperándonos con su coche en el parking del aeropuerto. Ahí estaría luego para llevarme a tomar el vuelo de regreso. Con nosotros, pegado. Siempre. Adosado con su sonrisa estúpida y gesto de intelectual resabidillo.
Fuimos a dejar las maletas y luego a cenar. Nico y yo nos sentamos frente a frente, con la excusa tonta de poder mirarnos a los ojos. Él se sentó a su lado. La miré a los ojos, por supuesto. Sus pupilas no dejaban de mentir como cochinas, intentando acaparar en ellas toda mi atención para que no me diera cuenta de lo que sucedía bajo la mesa. La mano de él le acariciaba el muslo con lascivia. Ella se dejaba hacer, sin apartarse, incluso se estremecía de excitación de vez en cuando. Mientras, yo daba pataditas en el suelo para canalizar mi tensión. Eso debajo de la mesa, en el trasfondo. Sobre la mesa nosotros aún éramos novios, nos queríamos mucho y él no era más que un buen amigo. Encima, maquillaje; debajo, vísceras y excrementos.
No es totalmente cierto lo que he dicho antes, sí que se nos despegó, durante la noche. Bueno, no exactamente, sólo se apartó de nosotros como pareja. En un acto de bondad había ofrecido la otra cama de su cuarto para que yo durmiera. No pude “dormir” con Nico, como se suponía que debía haber hecho como recompensa a tantas horas de vuelo para venir a verla, porque en su habitación dormía otra chica. Se llamaba Eudivigis o algo por el estilo. Una alemana mofletuda que se explotaba granos y comía chocolatinas sin cesar. Chocolatinas con crema, con galletas, rellenas de frutas o de cualquier otro tipo de las que vendían en “Le gourmet du chocolat”, una tienda para niños pijos y gordos.
La tal Euidivigis masticaba entreabriendo la boca cada poco. Podías ver el chocolate derritiéndose en sus muelas antes de ser engullido, un espectáculo maravilloso. Lo de reventarse granos en público, como si fuera un acto natural a compartir con el mundo, se sumaba a la adicción a las chocolatinas para convertirla en ese ser repugnante que estáis imaginando. Daría gusto ver a las dos tías en su habitación: una pintándose pecas frente al espejo y la otra atragantándose de chocolate con las manos repletas de pus. Dormí estupendamente en la habitación del cretino. Ni siquiera dejó de mostrarse amable y sonriente después de que Nico nos hubiera dejado. Esperaba encontrarlo algo más agrio y desaprensivo conmigo, al fin y al cabo, él quería tirarse a mi novia y yo no era más que un impedimento. Igual por esos lugares es normal acostarse con la novia de otro sin que haya rencores ni malos rollos, vete tú a saber.
Una vez besé a Nico delante de él. Normalmente no nos besábamos en público, pero era imposible no hacerlo con ese tipejo todo el día pegado. Fue el único beso de todo el viaje, además del riguroso de bienvenida en el aeropuerto, pero ese no cuenta porque no pasó de un roce de labios. Fue el único beso del viaje y quizá el mejor de toda mi vida. La pillé desprevenida y no supo qué hacer con la lengua durante los primeros segundos. Luego se fue entregando. Su boca sabía a todas las cervezas que había bebido desde que llegó a Alemania.
Sabía que él nos estaba mirando. Me salté la regla de cerrar los ojos para mirar de soslayo y verificar que nos estaba observando. Me miraba a mí, me escrutaba con ojos de “disfrútala, cabrón, después de esto no volverás a tocar su boca”. Cuando paramos, nos sonrió. Nico se atusó el pelo y se mordió el labio con un resquicio de remordimiento.
Cuando me fui de Berlín él me ayudó a llevar las maletas y me acercó al aeropuerto. Cuando me fui de Berlín, le pasó el brazo por los hombros a Nico justo antes de que nos despidiéramos. Yo ya sabía que el juego estaba perdido. Deseché el beso de despedida y uno de los dos dijo algo sobre que podría volver a visitarlos en primavera. VisitarLOS. En primavera.
Seguía siendo rubia con pequitas de pega. Llevaba puesta la falda escocesa con que aparecía en aquella foto. Nunca me pareció tan estúpida como en aquel instante. Nunca me pareció tan guapa ni la amé tanto como durante esos últimos segundos en el aeropuerto, segundos en los que el amor y el odio eran casi sentimientos siameses. Segundos durante los cuales quise ser ese niño de la película que vi esta Navidad en casa de mis padres, ese niño que se tiraba desde un edificio en ruinas con toda la ciudad de Berlín bajo sus pies.
by berlinadabel.To velvetmsman.
-Yo no quería ser pesimista (Teen Spirit)- (2004)
(Ray Loriga, "Héroes)
Yo no quería ser pesimista; de hecho, ser pesimista era lo último que quería en el mundo. ¿Qué culpa tengo yo de no poder cambiar nada? ¿De que todo suceda tal que así, sin poder interceder en mi destino? Quizá todo estuviera escrito y mi nacimiento y mi vida no fueron más que meros hechos para confirmar lo predicho.
Ayer decidí que escribiría una carta. Sí, una carta. Un texto escrito de palabras contadas en el que, tras una fecha y el pertinente saludo, pudiera decir a todos lo que pienso. Una confesión para hacer llorar a Nancy y hacer que se revuelvan las entrañas a aquellos que me miraron con malos ojos; también para que se agiten en su tumba, si es que han muerto, todas las señoritas a las que amenacé a punta de navaja.
No malinterpretéis esto, no soy un criminal ni nada por el estilo. Al menos no creía serlo. Cuando todo falla, tienes que intentar hacer funcionar una tarjeta de crédito de alguien que no ha sufrido, ni mucho menos, lo que tú cada día para poder seguir viviendo. Para respirar esa porción de aire que no te pertenece por el hecho de ser un ser humano. Algún día el ambiente será tan irrespirable que las multinacionales venderán botellas de oxígeno para que los bolsillos que alcancen a ello puedan seguir respirando. Cuando esto llegue serán los bolsillos los que respiren, no los pulmones. Estúpida adaptación al medio. Espacios vitales envasados al vacío. ¡Compre! Lleve dos y le obsequiaremos con un pack especial de ideas, con un 1% de libertad, ¡los pensamientos más libres del mercado!
En esa carta también les explicaría a mis señoritas a punta de navaja que si lo hice así fue por su propio bien. Tengo amigos, mejor dicho, conocidos, que consiguen pagar sus borracheras y la gasolina de sus motos por medio de arrumacos. Sí señoritas, sí. Entran en los bares de moda todo puestos e intentan seducir a esas finas gacelas de cuyos poros emana el coco channel a borbotones.
Tres besos, un fugaz te quiero… Sugerentes puntos suspensivos los míos. Al final todo se reduce a palabras y acciones sumidas en un océano de hipocresía. Tras las actividades de galantería ellas desprenden de la mejor parte de su televisivo cuerpo el amado tesoro. ¿He de decir a qué parte del cuerpo femenino me refiero? Algunos pensarán que a los ojos, las piernas, el pecho… Pero no, a estos tipos al bajeza humana les hace pensar que la mejor parte, lo supremo e ideal de las féminas, va prendido, dulcemente, de su brazo. El bolso. De tan cruel objeto ellas sacan dinero que les permitirá, a ellos, pagar la deuda del bar y saldar asuntos pendientes de otras cuestiones turbias que no creo necesarias especificar.
Creo mejores mis amenazas; al fin y al cabo son sólo eso, amenazas. Mejores que ese atentado contra la humanidad y el amor propio que realizan esto s conocidos míos. Muchas deberían agradecer mi técnica. También es verdad que mi físico, al lado de estos canallas, deja mucho que desear. Nadie se fija ya en los tipos de pelo largo con viejas chaquetas de cuero.
¿He hablado ya de Nancy? Me parece haberla nombrado. A Nancy debería haberle dicho que no me condene por lo que he hecho. Ella sabe que, en el fondo, soy buena persona. Que la quiero, aunque no se lo demostrara muy a menudo.
Sé que te jodía, sé que te quebrantaba por dentro que te viera como una hermana pequeña. Quizás no tan pequeña. Que no fuera capaz de pasar de nuestras inocentes tardes e besos. Un consejo, siéntete halagada. A ninguna la he tratado como a ti. Besos, querida Nancy.
No sé para qué hago todo esto. Ayer necesitaba escribir esa carta, pensaba escribirla. No suelo escribir a menudo, tal vez mi ortografía no esté a la altura de las circunstancias. Recuerdo que mi caligrafía también dejaba mucho que desear. Hace tanto que no escribo… En mis años escolares me obligaban a hacer millones de esos odiosos cuadernillos llenos de frases estúpidas para que trazara unas letras perfectas, redonditas, en las que es imposible confundir una v con una n, una o con una e.
Recuerdo el día en que dejé de hacer las tes como mandaba la profesora y los torturadores cuadernos, con una línea que sube y luego baja, perfectamente enlazada, con un palito arriba; pasé a dibujar unas tes con formas de cruz; éstas daban a mis escritos el aspecto tétrico de cementerio. Así en “Tere toma té”, Tere podría ser un fantasma en la tumba del toma muerta por beber té envenenado por una mariposa negra que en realidad no era tal, sino que se trataba de la vecina del quinto bajo el efecto de un hechizo realizado por un marciano. Éste aterrizó en la Tierra por casualidad y quedó impresionado por la intolerancia de los seres del planeta.
A mí me gustaba así. Nunca he sido superficial,, siempre he intentado ver algo más. Eso me ha salvado de acabar convirtiéndome en un loco, uno de esos devora TV víctimas del hiper-consumismo. Adoradores de la sociedad, no se dan cuenta de que la sociedad no existe, es la mayor mentira que nos cuentan de pequeños. “Tenéis que construir vuestro futuro, ganaros un hueco en la sociedad”. Lo que nunca te dicen es que la sociedad es una mierda, que querrían no haber entrado nunca en ella.
Un tipo al que todos llamaban loco me dijo que las montañas son siempre azules al final del camino. Nunca llegue a comprender qué quería decir. Quizá las montañas representaran la realidad y el color azul la belleza. Cuando llegas al final del camino te das cuenta de que las montañas son azules, son bellas. LA belleza de la realidad. Dudo mucho que fuera esto lo que quería decir. Nadie hacía caso al viejo Marcus. Decían que estaba loco. Demasiado caballo en las venas. Había empezado a pincharse muy joven. Ahora estaba ahí, en un rincón de aquel antro con billar al que acudían viejos y jóvenes traicionados por la vida. Cuando me encontraba especialmente deprimido solía sentarme en su mesa, pasamos juntos muchas tardes de borracheras. Él me mostró más de lo que nadie me había enseñado nunca. Tanto tiempo en la escuela para que tu maestro acabe siendo un viejo drogadicto.
“Las estrellas están demasiado altas, es inútil alzar la mano para alcanzarlas”. Era un tío de sueños vacíos. El típico fracasado que es superior a los demás porque sabe que lo importante no es la vida, sino estar vivo. Un día desapareció de su mesa, la del fondo a la derecha, justo detrás del billar. Nadie supo qué había sido de él. Supongo que murió. Prefiero pensar que encontró su camino a las estrellas. Odio los finales previsibles, también los excesivamente felices. Estos últimos me son demasiado difíciles de creer. LA vida me enseñó que no existe nada excesivamente feliz. En cuanto a la idea de que muriera, resulta demasiado obvio. Nadie escuchaba al viejo Marcus.
Cuando era niño mi madre me peinaba los domingos con dos litros de gomina, yo no sé para qué. No íbamos a misa ni nada por el estilo. Pero ella se empeñaba. Era como si le hiciera feliz que, por un día a la semana, no se me levantara el pelo del remolino que había justo en medio de mi cabeza. Es lo poco que recuerdo de ella. Siempre que voy a llevarle flores al lúgubre país de las tes pienso en eso.
¿He dicho ya que no creo que deba escribir la carta? Tal vez tuviera que hacerlo, tal vez me arrepienta si no lo hago, ¿o no? Ya no sé siquiera qué hacer. En el caso de que la escriba, ¿qué debería poner? ¿Qué lo siento mucho pero que todo ha acabado? ¿Para qué? ¿Se molestará alguien en leerla? Sí, seguro que Nancy lo hará. Ella y un par de pirados más que creían conocerme. Si lo piensas, son cinco mil novecientos noventa y nueve millones novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y siete personas a las que no les importas nada y que n leerán la carta. I aunque pusiera todo mi tiempo en ello podría conseguir jamás que la leyeran la mitad de esas personas. Ni aún un cuarto. Tampoco me queda tiempo para intentarlo.
Nancy repetirá mi nombre mil veces, yo sé que lo hará. Sólo por ella merece la pena. Venga, vale, la escribiré. No una carta, una frase. Una frase para Nancy. ¿Un “Te quiero “siempre pensaré en ti”? ¿Y si resulta que, en realidad, ella nunca me ha querido? ¿Me engañaba y no sentía por mí ni la mitad de lo que solía decir? Da igual, no importa. Ya no hay tiempo.
Cuento con los dedos, 1, 2, 3, 4… Me tiembla el pulso.
Yo sé que soy capaz. Es de lo único que creo ser capas…
Un, dos tres, cuatro…
Clic.
Difuminado en negro.
Ayer decidí que escribiría una carta. Sí, una carta. Un texto escrito de palabras contadas en el que, tras una fecha y el pertinente saludo, pudiera decir a todos lo que pienso. Una confesión para hacer llorar a Nancy y hacer que se revuelvan las entrañas a aquellos que me miraron con malos ojos; también para que se agiten en su tumba, si es que han muerto, todas las señoritas a las que amenacé a punta de navaja.
No malinterpretéis esto, no soy un criminal ni nada por el estilo. Al menos no creía serlo. Cuando todo falla, tienes que intentar hacer funcionar una tarjeta de crédito de alguien que no ha sufrido, ni mucho menos, lo que tú cada día para poder seguir viviendo. Para respirar esa porción de aire que no te pertenece por el hecho de ser un ser humano. Algún día el ambiente será tan irrespirable que las multinacionales venderán botellas de oxígeno para que los bolsillos que alcancen a ello puedan seguir respirando. Cuando esto llegue serán los bolsillos los que respiren, no los pulmones. Estúpida adaptación al medio. Espacios vitales envasados al vacío. ¡Compre! Lleve dos y le obsequiaremos con un pack especial de ideas, con un 1% de libertad, ¡los pensamientos más libres del mercado!
En esa carta también les explicaría a mis señoritas a punta de navaja que si lo hice así fue por su propio bien. Tengo amigos, mejor dicho, conocidos, que consiguen pagar sus borracheras y la gasolina de sus motos por medio de arrumacos. Sí señoritas, sí. Entran en los bares de moda todo puestos e intentan seducir a esas finas gacelas de cuyos poros emana el coco channel a borbotones.
Tres besos, un fugaz te quiero… Sugerentes puntos suspensivos los míos. Al final todo se reduce a palabras y acciones sumidas en un océano de hipocresía. Tras las actividades de galantería ellas desprenden de la mejor parte de su televisivo cuerpo el amado tesoro. ¿He de decir a qué parte del cuerpo femenino me refiero? Algunos pensarán que a los ojos, las piernas, el pecho… Pero no, a estos tipos al bajeza humana les hace pensar que la mejor parte, lo supremo e ideal de las féminas, va prendido, dulcemente, de su brazo. El bolso. De tan cruel objeto ellas sacan dinero que les permitirá, a ellos, pagar la deuda del bar y saldar asuntos pendientes de otras cuestiones turbias que no creo necesarias especificar.
Creo mejores mis amenazas; al fin y al cabo son sólo eso, amenazas. Mejores que ese atentado contra la humanidad y el amor propio que realizan esto s conocidos míos. Muchas deberían agradecer mi técnica. También es verdad que mi físico, al lado de estos canallas, deja mucho que desear. Nadie se fija ya en los tipos de pelo largo con viejas chaquetas de cuero.
¿He hablado ya de Nancy? Me parece haberla nombrado. A Nancy debería haberle dicho que no me condene por lo que he hecho. Ella sabe que, en el fondo, soy buena persona. Que la quiero, aunque no se lo demostrara muy a menudo.
Sé que te jodía, sé que te quebrantaba por dentro que te viera como una hermana pequeña. Quizás no tan pequeña. Que no fuera capaz de pasar de nuestras inocentes tardes e besos. Un consejo, siéntete halagada. A ninguna la he tratado como a ti. Besos, querida Nancy.
No sé para qué hago todo esto. Ayer necesitaba escribir esa carta, pensaba escribirla. No suelo escribir a menudo, tal vez mi ortografía no esté a la altura de las circunstancias. Recuerdo que mi caligrafía también dejaba mucho que desear. Hace tanto que no escribo… En mis años escolares me obligaban a hacer millones de esos odiosos cuadernillos llenos de frases estúpidas para que trazara unas letras perfectas, redonditas, en las que es imposible confundir una v con una n, una o con una e.
Recuerdo el día en que dejé de hacer las tes como mandaba la profesora y los torturadores cuadernos, con una línea que sube y luego baja, perfectamente enlazada, con un palito arriba; pasé a dibujar unas tes con formas de cruz; éstas daban a mis escritos el aspecto tétrico de cementerio. Así en “Tere toma té”, Tere podría ser un fantasma en la tumba del toma muerta por beber té envenenado por una mariposa negra que en realidad no era tal, sino que se trataba de la vecina del quinto bajo el efecto de un hechizo realizado por un marciano. Éste aterrizó en la Tierra por casualidad y quedó impresionado por la intolerancia de los seres del planeta.
A mí me gustaba así. Nunca he sido superficial,, siempre he intentado ver algo más. Eso me ha salvado de acabar convirtiéndome en un loco, uno de esos devora TV víctimas del hiper-consumismo. Adoradores de la sociedad, no se dan cuenta de que la sociedad no existe, es la mayor mentira que nos cuentan de pequeños. “Tenéis que construir vuestro futuro, ganaros un hueco en la sociedad”. Lo que nunca te dicen es que la sociedad es una mierda, que querrían no haber entrado nunca en ella.
Un tipo al que todos llamaban loco me dijo que las montañas son siempre azules al final del camino. Nunca llegue a comprender qué quería decir. Quizá las montañas representaran la realidad y el color azul la belleza. Cuando llegas al final del camino te das cuenta de que las montañas son azules, son bellas. LA belleza de la realidad. Dudo mucho que fuera esto lo que quería decir. Nadie hacía caso al viejo Marcus. Decían que estaba loco. Demasiado caballo en las venas. Había empezado a pincharse muy joven. Ahora estaba ahí, en un rincón de aquel antro con billar al que acudían viejos y jóvenes traicionados por la vida. Cuando me encontraba especialmente deprimido solía sentarme en su mesa, pasamos juntos muchas tardes de borracheras. Él me mostró más de lo que nadie me había enseñado nunca. Tanto tiempo en la escuela para que tu maestro acabe siendo un viejo drogadicto.
“Las estrellas están demasiado altas, es inútil alzar la mano para alcanzarlas”. Era un tío de sueños vacíos. El típico fracasado que es superior a los demás porque sabe que lo importante no es la vida, sino estar vivo. Un día desapareció de su mesa, la del fondo a la derecha, justo detrás del billar. Nadie supo qué había sido de él. Supongo que murió. Prefiero pensar que encontró su camino a las estrellas. Odio los finales previsibles, también los excesivamente felices. Estos últimos me son demasiado difíciles de creer. LA vida me enseñó que no existe nada excesivamente feliz. En cuanto a la idea de que muriera, resulta demasiado obvio. Nadie escuchaba al viejo Marcus.
Cuando era niño mi madre me peinaba los domingos con dos litros de gomina, yo no sé para qué. No íbamos a misa ni nada por el estilo. Pero ella se empeñaba. Era como si le hiciera feliz que, por un día a la semana, no se me levantara el pelo del remolino que había justo en medio de mi cabeza. Es lo poco que recuerdo de ella. Siempre que voy a llevarle flores al lúgubre país de las tes pienso en eso.
¿He dicho ya que no creo que deba escribir la carta? Tal vez tuviera que hacerlo, tal vez me arrepienta si no lo hago, ¿o no? Ya no sé siquiera qué hacer. En el caso de que la escriba, ¿qué debería poner? ¿Qué lo siento mucho pero que todo ha acabado? ¿Para qué? ¿Se molestará alguien en leerla? Sí, seguro que Nancy lo hará. Ella y un par de pirados más que creían conocerme. Si lo piensas, son cinco mil novecientos noventa y nueve millones novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y siete personas a las que no les importas nada y que n leerán la carta. I aunque pusiera todo mi tiempo en ello podría conseguir jamás que la leyeran la mitad de esas personas. Ni aún un cuarto. Tampoco me queda tiempo para intentarlo.
Nancy repetirá mi nombre mil veces, yo sé que lo hará. Sólo por ella merece la pena. Venga, vale, la escribiré. No una carta, una frase. Una frase para Nancy. ¿Un “Te quiero “siempre pensaré en ti”? ¿Y si resulta que, en realidad, ella nunca me ha querido? ¿Me engañaba y no sentía por mí ni la mitad de lo que solía decir? Da igual, no importa. Ya no hay tiempo.
Cuento con los dedos, 1, 2, 3, 4… Me tiembla el pulso.
Yo sé que soy capaz. Es de lo único que creo ser capas…
Un, dos tres, cuatro…
Clic.
Difuminado en negro.
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