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martes, 18 de septiembre de 2007

-Último Pequeño Cuento Químico- (2007)

Las niñas de ciencias recogen sus cosas: escuadra, cartabón, calculadora científica; probetas, pipetas y demás instrumental robado del laboratorio, tablas periódicas, manuales de cuántica y dins-A3 para planos y maquetas. El esqueleto humano se guarda definitivamente en el armario, los nombres de los músculos y la tectónica de placas caen en el olvido.
Al rellenar la matrícula del año próximo se preguntan extrañadas: ¿dónde está la física?, ¿y las matemáticas? ¿Dónde quedan Wolframio, Molibdeno y los demás elementos? ¿Ya no más reacciones de ácidos y bases? ¿Qué fue de la cuántica? ¿Por qué no encaja la geometría? Sin ellas quererlo desaparecen los limites, las derivadas, las integrales, y todas las demás cosas con nombre de alimento que puede encontrarse en cualquier supermercado que existen en las matemáticas. Se desvanecen las cuentas y las noches soñando con problemas de álgebra. Adiós a las gráficas, a las reacciones, a los procesos inversos, a las cosas que caen, a las que se atraen, a las que se olvidan, a los principios del universo, a los finales del universo, al universo mismo.
Las nuevas asignaturas tienen nombre tales como “lingüística”, “morfosintáxis”, “lexicografía” o “lexicografía”. Al principio sus lengüetitas se hacen un lío al pronunciar tales palabras: “lingüís..” y se paran, pensando en qué lío se han metido. No obstante, tienen esperanzas: sus lenguas son versátiles y musculosas, no tardarán en adaptarse a los nuevos términos. “Nada más difícil que Ununquadium y Ununnilium”, piensan.
Pronto lo consiguen totalmente. Se adaptan en sueños a la idea mucho antes de empezar las clases. Sus nuevos compañeros no piensan en gráficas sino en palabras, decir ahora cualquier cosa en cualquier lengua tiene más sentido que saber formular el cloruro potásico. Allí se sueña con viajes, con llenar los oídos de sonidos no maternos y las maletas de abrigos. Allí no se preguntará el por qué constantemente ni habrá una regla fijada para hacer las cosas. La objetividad muere, ¿por fin? La frustración matemática acaba, la tensión de la física y el asco de la química se desvanecen. Todos cantan canciones con pronunciaciones perfectas.
Los utensilios de análisis quedarán pronto olvidados, relegados a un rincón lleno de polvo. Las pruebas en laboratorios esterilizados se cambarán por la asepsia de la calle, donde explorarán bocas con los dedos cruzados creyendo no infectarse. Olvidadas y alejadas de toda ciencia demostrable crearán sus propias gráficas y estadísticas con saltos y límites imposibles. Harán saltar sus electrones a regiones no cuantizadas cada noche. Sonreirán creyéndose transformadas, en cierto modo purificadas al haber cambiado la dictadura de las químicas y las físicas por la anarquía de los recitales de poesía.
No obstante…
Las niñas se miran las manos, lo que sospechaban: aún son verde uranio.




(Sciences Girls For Ever)

Pequeño cuento físico II (2007)

Ya te has ido. Queda el rastro de tu chaqueta, la sombra del maletín de cuero raído, las ondas de tus palabras rebotando entre las paredes. Queda la huella del comportamiento ondulatorio de nuestro ir disimulando. Las risas ahogadas por la compostura –liberadas luego en la libertad de lo prohibido-, los besos rozando tus palabras. La justificación del deseo se cuece en las probetas. Me ahogo pensando en ti. Y los sabes, y no dices nada, porque no puede haber cabida aparente para nuestras teorías sin postulados, mera exaltación empírica de los sentidos, reprobación de la atracción de los cuerpos y la seducción del alma entre oradores.
Hay mucha, mucha más relación de la que parece entre el amor y el principio de incertidumbre de Heiddenberg.

Pequeño cuento físico (2007)

Te esperaba en casa, en enaguas y una de tus camisas olvidadas abierta sobre el pecho. Te esperaba. Empecé a fumar pese a que todo el mundo me había dicho lo mal que quedaba un cigarrillo entre mis dedos. Hasta tú, que normalmente eras el que liabas maría y otras hierbas para mí -tú pequeña, tu permisión, tu perversión-, te habías atrevido a comentar lo vulgar del humo nublando mis ojos. Abracé tu foto. Me volví loca. Llamé a tu móvil, incluso a tu casa. Salí a buscarte a la calle con la camisa aún desabrochada, con las vecinas contemplando fascinadas mis diminutas tetas blancas abandonadas sin el abrigo de tu lengua.
Te esperaba ya por pura inercia, cual movimiento sin rozamiento alguno. Te esperaba, sin esperanzas ni promesas. Sabiendo que había tantas posibilidades de que aparecieses como negaciones posibles podíamos encontrarle a la teoría de atracción gravitatoria sobre el resto de cuerpos del universo. Los nuestros ya se hallaban fuera de ésta y de otras tantas teorías, derruidas a golpe de cama y libros de texto por miradas y palabras que no habrían de encajar nunca en la onda correcta. Entonces comprendí que quizá no nos amábamos tanto como para aguantar el qué dirán, como para que tú perdieras desde tu trabajo hasta tu sombra, incluida en el trayecto a tu dulce esposa y el respeto de tus hijos.
Así te dejé ir, sin correr a buscarte ni plantear el amor nuestro como ecuación con solución comprendida en el campo de los números reales. Equiparando más bien el sentimiento al salto imposible de electrones a energías no cuantizadas. Aquel mismo día me di cuenta de que, a veces, una tiene que ser más caprichosa.

-Lenguas Fluorescentes- (2006)

Lenguas fluorescentes. –Estamos hartos de chupar uranio.-Saliva nuclear. Babosear tóxico. Besos radiactivos.
Amor empobrecido. Reacción en cadena. “nadie confía en la energía nuclear desde lo de Chernovill”. Nadie confía en nosotros desde que dije que me fusionaría o echaría tus residuos al mar. Podemos contaminar mucho. Matar mucho. Estoy harta de limpiar los tubos de ensayo hechos con neón porque los pones perdidos con tus sueños químico eróticos. Te tragarás una a una las páginas de los libros de Carver como sigas así.
La empresa no se hace responsable de las consecuencias de la comunión de tu lengua entintada y mi lengua fluorescente. Reacción en cadena.

Esas criaturillas

Wolframio y Molibdena, la parejita. ¡Qué monos en el parque de uranio con cubiertas de antraceno! Los columpios cubiertos de trinitotolueno son más pegajosos y explosivos. Gritan y cantarrujean mientras chapotean en charcos de cloro y se arrojan puñados de magnesio a la cara.
Argón, Radón y Xenón, sus amiguitos. Todos juntos bombardeando químicamente a Salicílica y su muñeca Carboxílica. Pobrecilla, siempre fue una extraña para los niños, los demás pequeños no toleraban su composición química de caja de aspirinas.
¡Qué guapos mis niños con sus monitos azules mientras chupetean biberones a 43 kelvin! Disolutos perfectos para la merienda. Ununquadium y Ununnilium para el niño y la niña. Adorables criujos con bocas repletas de migajas de galletas carbonadas. Azufre en el carricoche. Sonrisas nucleares en el electrocolumpio.
“¡Nanananá!”, chillan saltando sobre páginas de libros arrancados y tablas periódicas. Molibdena atrapa uno de los globos de helio que flotan por el parque y se eleva por los aires. Los demás niños ríen a carcajadas. Bombardean con partículas aúricas el globo hasta hacerlo explotar. Molibdena cae, llorando. Sus lágrimas no contienen la cantidad de sale minerales que deberían, pero sí actinio, las examinaremos.
Wolframio le tira de los pelos a Xenón y Radón corre en su ayuda, dispuesto a comprobar la conducción eléctrica de 440 voltios en el cuerpo de éste si no deja en paz a su hermanito.
Mientras, Salicílica gime porque Molibdena –que ya ha dejado de llorar-, le ha quitado a Carboxílica y pretende ahogarla a fuerza de sumergir a la muñeca en una probeta.
En el otro extremo del parque, Argón escupe a Radón con una pipeta, de modo que el pobre Radón acaba peleando a dos bandas: `por un lado con Argón y, por otro, con Wolframio, que aún no ha dejado de tirarle del pelo a Xenón.
Finalmente, la descarga eléctrica se sucede. 440 voltios en el cuerpo de Wolframio. Argón lanza escupitajos con la pipeta a diestro y siniestro. Al muñeca Carboxílica está ahogada en formol. Salicílica, en un acto de valentía, se venga por la muerte de su muñeca arrancando electrones a Molibdena, quien queda reducida a un débil catión de su elemento.
Los biberones de Ununquadium y Ununnilium se han derramado por el suelo. Mis niños gritan. Cuando ya han conseguido deshacerse de sus respectivos agresores, ha empezado a llover. Introduzco mis manos en los guantes de hormigón y los acaricio desde el exterior del parque. Finjo quererlos mucho, mucho en realidad, como si de su madre química se tratara.
Al fin, consigo ponerles pañuelos impregnados de arsénico en la cara.
Salgo corriendo en cuanto caen dormidos. Lejos, muy lejos. Lejos de ellos y de sus pañales infectados. Iré a cualquier sitio en el que mis adorables criaturas no puedan encontrarme nunca.
Wolframio y Molibdena, la parejita.

-Las niñas, la lluvia ácida y el proceso inverso- (2007)

Ahora los gusanos dirigen sus ojos de anélidos a la tapa del féretro. El festín ha sido satisfactorio, sus barriguitas están llenas y las carnes descompuestas. Las pestilencias llenan los ataúdes, los huesecitos descarnados yacen sobre cómodos cojines de sepulcro. Las falditas de volantes quedan ridículas y harapientas sobre sus bellas dueñecitas esqueléticas.
Las flores se han marchitado o han desaparecido por las lluvias. Ya no hay camelias ni ojos que lloren a las niñas porque todas las flores son peligrosas, porque todas las lágrimas son ácidas.
Los ácidos caen de los cielos. Llueve sobre mojado, bendita sea la lluvia destructora. El sulfúrico hace emanar pestes del asfalto. El mármol se deshace en burbujas y las cruces se derriten. Las gotas penetran en la tierra destruyendo todo cuanto tocan. Desaparecen las lápidas, la arena, las tapas de las cajitas de madera. Los restos de tejido se recosen por efecto aguja de los ácidos abrasivos. Se recomponen las falditas azules y éstas rodean los intestinos recién formados. La generación espontánea de vísceras se sucede. Las telas remendadas recubren su desnudez visceral hasta que aparece la piel –no sin algunas pústulas verdáceas- por debajo de las faldas.
Las niñas salen del suelo, de su agujero ex–tumba ahora corrompido por los ácidos. La primera bocanada de aire se atraganta en sus pulmones. Las pústulas de sus manitas revientan con la tos.
Ahora las niñas miran al cielo con sus ojillos reestrenados. Su putrefracción no huele a nenuco, sus faldas son harapos con los que limpiar alacenas, sus rostros no son angelicales de pómulos rosados. El pus se entremezcla con la sangre reseca y los granitos. Pero no importa, porque de nuevo las niñas miran al cielo y se distingue un poco de sol detrás de aquella nube. Se sonríen, cesa la lluvia. Corren cogiditas de la mano y muestran sus dientecitos amarillentos dentro de esas boquitas de labios sin pielecilla. La felicidad es sus rostros. La belleza es el ínfimo órgano que vuelve a latir dentro de ellas. Sienten amor por el mundo, felicidad por estar vivas, ya ni siquiera recuerdan cómo la no existencia les amargaba el alma. Ya ni siquiera sospechan que una vez no fueron.
Sonríen al cielo. Chapotean en los charcos del campo santo. Cantan. Lalalalalá. No saben que ya cantaron, no saben que ya sonrieron.
De pronto, alguien dispara. Se cierra el cielo, se marcha el sol, caen las nubes.
Y llueve, llueve sobre mojado.
Las niñas vuelven a sucumbir, lenta y placenteramente, a la acción todo poderosa del hombre que acabó con el mundo.

Gracias al cielo que ya estaban cavadas las tumbas.

-Las niñas y la lluvia ácida- (2006)

Ahora, las niñas miran hacia el cielo. La lluvia les inunda los ojos y resbala por su garganta. Ríen y saltan. Abren la boca para tragar cada vez más y más lluvia. Giran sobre sus faldas y se cogen de la mano. Se las oye cantar por encima de sus chapoteos. No hay rayos ni tormenta, pero ellas solas bastan para iluminar el mundo con sus sonrisas melladas y falditas rosas. Juegan a la comba con los ojos repletos de lluvia pseudo-lágrimas que resbalan tiernamente por sus mejillas, como si sus pómulos fueran toboganes de parques acuáticos.
¡Qué hermosos ángeles empapados!

Luego, cuando lleguen a casa, notarán que algo les abrasa la garganta. Vomitarán una irrisoria papillita verde que apenas resaltará en la porcelana del váter. Comenzaran a rascarse los ojitos, enrojecidos, pero el picor será demasiado para solventarlos con sus manitas.
Sus faldas empezarán a desgajarse mientras las purtuverancias y ampollas se adueñan de su pielecilla perfumada con nenuco. Deshechas, sin voz y sin lágrimas, pedirán ayuda las pequeñas. Más tarde las enlatarán en ataúdes blancos y las esconderán a dos metros bajo tierra. Allí estarán seguras. Allí la lluvia ácida no podrá alcanzarlas.

No salgan a la calle sin máscara antigas ni chubasquero de hormigón si ven que está nublado.


Ilustrado por HiddenBoy.

-Ácido-s (2005)

Esta mañana compré un juego completo de ácidos y corrosivos. Me había propuesto deshacerme de todo -o casi- lo que se interpusiera en mi camino. Primero me acordé de las dichosas motas de polvo de mi escritorio, recordé cuánto odiaba tener que limpiarlas. Tomé el primer botecito- un líquido azul burbujeante- y conté que caían tres gotas justas encima de las motas de polvo. En efecto, desaparecieron. El único problema fue que el ácido acabó también con la madera, originando un gran agujero justo en el centro del tablero, por el que se cuelan lápices y folios al más puro estilo agujero negro. Tras ocultar el incidente del escritorio con una cartulina naranja debidamente
colocada, pensé que podría destruir la cacerola de los guisos de mamá. El segundo cacharrito -fluido rosa con chispitas negras- sería el encargado de tal hazaña para el bien de la humanidad (no hay alma que soporte los guisos de mi madre en pleno verano). Veinte gotas fueron suficientes para hacer desaparecer todo el acero inoxidable, quedando sólo las asas como prueba del delito. Las escondí en el macetero de las begonias, no creo que nadie vaya a encontrarlas allí.
Cuando coloqué en su sitio el macetero de begonias pensé que debería emplear
los ácidos en cosas más importantes. Debería destruir objetos que en verdad molestaran en mi vida., cosas horribles causantes de pesadillas. Tras darle muchas vueltas decidí qué era lo mejor que podía hacer: eliminar todos los rastros de las personas que han echado a perder algún instante de mi vida. El líquido naranja-violeta se encargaría de ello. Ardía, el tarro desprendía calor, no podías tenerlo en la mano más de cinco segundos sin notar cómo se abrasaba la piel. Comencé por eliminar las cartas y las postales de vacaciones que una vez me enviaron con la esperanza de que yo hiciera lo mismo desde algún otro lugar de este planeta. Acidé fotos, revistas, discos, libretas y pétalos de rosas secas que hasta la fecha aún conservaba entre versos de neruda. Derretí el móvil porque no podía verter ácido sólo en ciertos mensajes, eliminarlos no hubiera sido ni la mitad de romántico. Hice otro tanto con el ordenador, que se esfumó formando una masa viscosa de cables y teclas. Luego acabé con el televisor y con todas las películas que sabía eran las favoritas de algún conocido.
Por último, me abalancé sobre el teléfono. Me resistí, aguanté las ganas de acabar con dicho objeto hasta que llamara alguien. Yo no quería que fuera ella, juro que no quería que fuera ella. Había rezado por que llamara cualquier persona menos ella. No podía echarme atrás. Contesté a sus preguntas adoptando el tono más ácido que pude. Le dije que viniera, a las cuatro, aquí. Una vez en mi habitación anduvo curioseando, se dio cuenta de la inminente desaparición del ordenador, también quiso saber qué le había pasado a mi teléfono móvil. Pero sin darle demasiada importancia, con esa inocencia suya y sus ojos prisioneros observando cada uno de mis movimientos. Estaba de espaldas, levantando la cartulina que ocultaba el agujero del escritorio.
No le dio tiempo a preguntar el por qué de aquello. Ya empezaba a derretirse cuando quiso volver la cabeza. Cuando su cuerpo quedó reducido glutinosa papilla a los pies de mi cama, me di cuenta de que a mí también se me estaban abrasando los dedos.